viernes, 26 de diciembre de 2014


Con una orilla como destino
con el mar Caribe como horizonte
He de escribir en la arena una palabra:
Gracias


Feliz 2015

lunes, 22 de diciembre de 2014

Sueños alados


En mi laberinto no hay ningún fauno, tampoco hadas o uvas; el césped es sintético y por ende inquebrantable. Siempre me pierdo al doblar a la izquierda y tardo meses en encontrarme. No da hambre ni sed y muchas mariposas tropiezan en mí. A las de colores, no les temo, me despiertan ternura. Las negras o cafés me atemorizan porque se parecen a mí: tengo meses sin dar buenas noticias. Por suerte no estamos en esos meses. Estamos con la poesía, queremos hacer del cuerpo un lienzo entero y del lente un cómplice coqueto. Nos gustan las luces, el juego de sombras, las superficies. Pero ya es mucho lo que le pido a Dante (mi computador). Quiero exteriores. Quiero decir que tu luz me toca y mi piel la absorbe, que tus labios también son mi laberinto. Necesito expresar el infinito como quien muerde una manzana. Quiero gritar que el paraíso es ahora y contigo y que no hay diablura que nos quede pequeña. Anhelo bostezar y que no sea de hambre ni de sueño. Puedo contar las puntas de una amatista y vestirme de morado para transmutar. Ser crisálida, habitación de tus sueños, caparazón en contra de tus miedos. Quiero vestir de gala para cuando , Morfeo, mande por mí. No tiene que subir o bajar hasta aquí. Me basta con un ascensorista cordial que me dé un paseo por la galaxia comenzando en Andrómeda. Aunque hay que ser sinceros y decir, que me gustaría pasear por el territorio de tus sueños. Ir tipo dos de la mañana a mirar en que estás. Encontrarte despierto y toser. Tomarnos un té. Preguntarte por los libros e historias y escucharte decir lo que tengas que decir. Resistir la tentación de besar tu boca. Volver a la cama y despertar.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Carboncillo

Un retrato de ti es lo que le hace falta a mi estudio. Así te miraría en lugar de imaginarte tanto. Me pondría labial para nuestras conversaciones de media noche. Buscaría bandas sonoras de películas que nos marcaron a ambos. Silbaría tus ojos y desposaría tus mejillas. Te hablaría de la última línea que leí y abriría el cuerpo de un poema. Te invitaría a brindar por un año sabático. 365 días para huir del planeta que nos conoce y visitar las dunas que nos esperan. El Louvre sería una duna. The National Galery otra. Visitaríamos a Gaughin y le llevaríamos recados de las islas. No me importaría si te enojas con Leonardo y le cuentas lo que ha sido la civilización occidental. Caminaríamos entre cementerios buscando la tumba de Poe. Al cerrar los ojos estaríamos en Kay West y los gatos nos hablarían de Hemingway otras maravillas. Artaud y Rimbaud compartirían libro. Una antología escogida por ti para nosotros. Traduciríamos un poco de Whitman y de paso algo de Capote. La señora Dallaway estaría en el menú diurno y Madame de la Fayette se colaría para decirnos algo. Y es que cuando imagino tu boca salen letras, títulos, poemas. Y cuando imagino tus manos, le das forma a todo con barro. Y mientras cargo el pincel de magenta, un carboncillo café te inventa. 


sábado, 13 de diciembre de 2014

Ecuaciones


Recuerdo las postales, las estampillas, la saliva en los sobres. Recuerdo la sensación de dormir en hamaca y la embadurnada en repelente por la legión de mosquitos. También recuerdo el árbol en el patio y el letrero de prohibido el paso. Mis ataques de asma cuando aún no podía administrar mi propia bombita. Las barbies, los accesorios, los ponys, las caídas en bicicleta, los patines que nunca aprendí a manejar. Recuerdo los perros de mi infancia: Minky, Snoopy, Polo, Pachocho, Conde... No olvido las fincas: los masmelos en chimenea, el mango biche con sal y limón, las siestas... Mi padre y el ron. Las insoladas. Cerro Tusa imponente quebrando el paisaje. El temor cada vez que me subía a un caballo. Mi insoportable delgadez, los orzuelos, la fastidiosa clase de gimnasia sin sostén. Las tareas de sociales, los mapas: el papel mantequilla, el pintar por el revés. La rana abierta: la mayor crueldad, en biología. Los frascos con formol y los fetos. El seno, coseno y tangente. Los novios y los besos o debo decir los besos y el novio... Las salidas hasta las doce, mi primera vez que me quedé hasta el amanecer. Papa John, Visagra, El Blue, Le Bon, El Tejadito. La amistad de Diógenes y Sergio Tobón. Las cartas de Elvira, sus dieciocho con papayera. Los primeros insomnios. El Puerto. Mis fallidos intentos de abandonar la administración. Las ecuaciones incongruentes de Métodos Cuantitativos, la pereza frente a Contabilidad II. Los elefantes en la oficina del adorable Jorge Tabares. El sueño en la clase de tres. Mis citas donde Martha Inés. Todo viene una vez que puedo decir: hace veinte años. 

lunes, 8 de diciembre de 2014

Delirio astral

Vagaría milenios por tu boca. Recitaría poemas en las plazas con la esperanza de verte. Perdería la voz en ese intento de aullar lo que siento. A la intemperie, me convertiría en lluvia para mojarte.  En la mar, sería ola con una oportunidad de tocarte y escogería el Atlántico y la bahía de Cartagena para llegar a ti. Me subiría a una bestia, sin espuelas, y cabalgaría hasta el amanecer en El Tablazo donde sin ruana, vencería la hipotermia con el calor de tu mirada. También le pagaría con un beso a un gondolero por hallarte en Venecia. Subiría los escalonados tejados de Brujas y hasta tendría mi propio canal en Amsterdam. Sería una mujer fluvial para encontrarte aquí o allá y en cualquier estación. Sería cerezo también. Florecería contigo hasta morir. Dormiríamos en camas separadas para que tu cuerpo no se habitúe a mí y el mío tenga una excusa para pasarse. Por lo pronto camino las dunas de los sueños donde por alguna razón voy a color y tú no me esperas al doblar la esquina. Me detengo y ya no soy más coyote, ni correcaminos el amor. Te escribo una delirante carta que deposito en el buzón sin dirección alguna. Comienzo a vagar y un poeta recita a todo pulmón en el centro de la Plaza Bolívar. Comienza a llover y agradezco tener conmigo mi paraguas. Voy a Cartagena pero no me arrimo al mar. Voy en una cabalgata y mi bestia después de un rato, se niega a andar. Por alguna razón un joven me confunde con gondolera y me besa para pasear. Compro chocolate y bordados en Brujas y siento que alguien me mira. Pido el helado con cerezas y muerdo la última por la mitad. 



Un guiño

No sabe guiñar un ojo, cuando lo intenta, guiña todo un lado de su cuerpo. Se eclipsa. Piensa en él. Acaricia los límites de su razón cuando recuerda aquel sabor y aquel tacto.
Desde que lo conoció volvió a llevar un diario. Ahora también escribe poesía. Aprendió origami por Youtube. Y las alas que penden del atrapasueños de su alcoba lo ayudan a pasar por la malla de sus sueños. Es así como se encuentra con él en blanco y negro. Él lleva su maletín de trabajo y ella sus zapatos bajos para no dar zancadas por el mundo. Se ven en La Alpujarra, a la sombra, junto al esqueleto del ferrocarril. Él le cuenta del último caso que decidió llevar y ella baila en palabras para él. A veces cada uno sale por su cuenta. A veces les da hambre del otro y buscan un lugar donde guarecerse. A veces ella abre el diario y él la lee con una sonrisa. Otras no coinciden. Cuando son las tres en el reloj de ella, son las dos, en el de él. Entonces ella piensa viajar en el tiempo sobre aquel último vagón del ferrocarril. Y entrega un boleto a Cisneros y describe la gente y la vegetación. Para cuándo él la recibe, lleva puesto un vestido de paño y un impecable sombrero. Le guiña el ojo y claroscura para no despertar pone sus manos entre sus dedos.  

jueves, 4 de diciembre de 2014

La almohada silente




El espejo tiene mis gestos. La almohada es muda. Ah, silencio...pronto habrá un muerto en esta cama. Se las da de ágil porque tiene alas, de malas él (o ella) yo tengo palmas. ¡Ta! Ahí cayó, llenito con mi sangre. Fumigo o espero con la luz prendida a ver si viene otro. Espero. Decía que la almohada es muda. Han transcurrido más de 365 días con la celda vacía es decir, sin tu cabeza marcando sueños en su superficie. ¿Quién la habita? Mi silencio. A veces mis piernas que juegan a hacer cajón con ella. Y eso que ya no huele a ti. Mi nariz sustrajo hasta la última esencia. Igual que con tu camiseta polo que usaba para arrullarme y dormir. Ahora hace frío, tanto... que tuve que comprar medias. Ahí viene otro. Suena tanto que debe ser macho. ¿O será al revés? ¿Qué tienen con la televisión? ¿Algún pariente? Mejor fumigo. Shhhhhh. Cómo huele de maluco. ¿Qué día es hoy? Noche del 3. Ah, sí, noche del 3. Será que agarro una serie nueva o busco si ya empezó Homeland. De más que no. Algún programa en History, tal vez. La almohada... sigue muda. La he amenazado con sacarla del cuarto o extraer su almidón pero ni así me habla. Y es que me pregunto si alguna vez en tus sueños estuve. No te he vuelto a ver pasar por lo míos y el silencio es doble. Y eso que hacemos el simulacro de ser amigos, de ir al cine, de hablar de hijo. Mi almohada por fin, habla. Dice que el rimel en los bordes obedece a mi llanto. ¡Pero si hace rato dejé de llorar! Afuera, tal vez. El cadáver del primer mosquito todavía mueve la pata. No puedo verlo ahí para siempre. Rápido tomo un poco de papel higiénico y lo lanzo al sanitario. Apago la luz y el segundo mosquito zumba cada vez más fuerte. No tengo energía para pelear. Que me pique. O mejor aún, préstame tu almohada para que no  sea en el rostro.