miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cuando el reloj no marca las horas

El palo de agua me trae tu lluvia. La hamaca tu peso. El balcón tu horizonte. El bolero tu música. La butifarra un platillo, el bollo con suero y queso. El jugo de zapote o níspero. La nevera full de hielo. De almuerzo, un tamal costeño y de siesta sólo después de haber tomado un café. El aire de la habitación en diez y seis. El lado izquierdo de la cama, tu lado. Pronto un fax te interrumpe el sueño y tienes que revisar balances de fin de año. La camiseta del Vikingo: tu alegría de estar frente al mar. La visita de la abuela. El "cuidado mami" para que no se fuera a tropezar en la entrada al balcón. Reloj no marques las horas... Parece ayer y también una tonelada de tiempo. El roncito en las rocas el cambio de cenicero. Tu renuencia a escuchar mis ideas de cuentos. Tu gusto al leerlos completos. La llegada del socio del sanandresito con un chicle verde. La ausencia de bronceado en ti. Tus delgadas piernas luciendo alguna pantaloneta azul. Los besitos al aire y tu mano apretando la mía. El morado del último golpe típico de un Restrepo. El "¡Qué bárbaras!" cuando nos veías entrar luego de horas en la piscina. El descanso hasta del noticiero. ¿Qué día es hoy, flaca? Aquí pierdo la noción del tiempo. Es miércoles papá. 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Agujero negro

Todo es ficción. El camino, tus lentes, mi rostro observándote. Las seis treinta en el reloj. La fealdad, la belleza, la monstruosidad. Tu mano en la barbilla y la mía extendiéndose para alcanzar tu cuello. El sonido ronco de la voz del presentador deportivo en las noticias. Mis palmas afanosas por sentir el calor en el aire, por decir que estamos próximos a llegar. El ferry, las gaviotas, la isla. Una lluvia insipiente que aleja a todos los pasajeros en cubierta. Un motín en la cocina. Mi soledad. Mis ganas de volver a ese momento en que me ensucié el vestido y tú te reíste y me dio rabia y no pude cambiarme. Todo es ficción. El instante en que supe que sería madre. Dos rayas en una prueba casera. ¿Para qué más? Mi abdomen inflándose, las arcadas, el malestar. Que es una niña. Sexto mes: que no. ¿En qué momento me hice responsable de otro ser cuándo aun no había aprendido a responsabilizarme de mí misma? El parto. Su llegada sin llanto, sus ojos abiertos, sus diminutas cejas arqueadas. No podría amar más, más nunca. Sus primeros pasos, su mano arriba en busca de equilibrio. Mi juventud en el sifón. La avena en lugar de leche. Mis siestas vigilantes. La primera vez que dijo mamá. ¿Sí es ficción? Cuando aprendió a montar en bicicleta no dejó de hacerlo nunca. Los peluches, las piñatas, los magos, las palomas, la piscina. Eso que llaman infancia. Su entrada a la pubertad. El matrimonio, la separación. La música, el teatro, el cine. Tu fotografía. Mi literatura. Los otros. Los mismos ciclos, la belleza, la monstruosidad. Las noticias. La guerra en paz. Los presidentes, las elecciones, los comisionados, los cónsules, los curules del congreso. Las comunicaciones, el Internet, el teléfono celular. Los psiquiatras y los demás doctores. El psiquiatra. La psicóloga. Los estudios, las publicaciones, las entrevistas, los ensayos, la tesis. Las muertes, los fantasmas, los simulacros de fantasmas. Y así, todo vuelve a empezar. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

Una pestaña azul

El olor del incienso se propagó por la sala con rapidez. Envolvió la cerámica de una pareja en gris. Sopló el anturio con sus tres conatos de flor. Y comenzó a consumirse. Ella, mientras tanto, sostenía un libro de su autor favorito entre manos. Respiró profundo y sintió la necesidad de buscar un tomo de poesía. Lo hizo con los ojos cerrados y las palmas abiertas y extrajo de la sección un lomo vino tinto. Lo abrió en unas hojas sueltas y descubrió la fecha en que le practicaron una tubectomía por laparascopia (26.05.11). La había olvidado porque no dolió, ni un poquito. El teléfono comenzó a sonar y se preguntó quién podría ser. No tenía identificado el número y por la terminación parecía una de esas sucursales bancarias que llaman desde las siete de la mañana. Lo dejó sonar. Volvió al libro y abrió la página en un naufragio. Quiso prestarle su brújula al poeta pero era demasiado tarde. Se preparó un café y continúo leyendo poesía hasta tanto el olor hubiese opacado al incienso verde. Salió a la terraza y miró hacia arriba mientras la lluvia bañaba su rostro. Alimentó al cachorro y regreso al estudio. Quiso decir que sus pestañas eran azules y que una trenza amarilla sobresalía en su coleta y que mirar el mundo con cortinas azules es como naufragar entre una cubeta. No puede explicar bien por qué, le parece. Toma la pluma manzana y no puede evitar renegar de su pulso inconforme. Extrae el diario de lomo café y antes de escribir, se cerciora de que valga la pena decir que un día como hoy (fecha) recordó cuándo le practicaron la tubectomía. Debió cambiarla ese procedimiento. Menos rostros bajo la lluvia y más poesía quizás. Pero no. Lo máximo que ocurrió fue que subió 20 kilos y después de una vida siendo flaca, fue gorda. Los cachetes se inflaron y pasó de una talla a otra y a otra con desánimo. Concebir o no concebir. Hijos o ideas. Dejó de temer por lo primero y se dedicó a concebir lo segundo. En algún lugar escribió un cuento titulado Traía puesto un jardín y quiso explicar allí, la fertilidad mental. Los hombres se alejaron. El otoño perpetúo soledades y en la página del poema puso a secar un trébol. Las pestañas azules soltaron su índigo al baño del día siguiente. 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Solfeo entre lecturas y notas

Haré un intento a ver qué sucede... Llamaré a la noche con otro nombre, quizás, el de un consorte. Escribiré un beso con más de dos sílabas y la palabra amor, de regreso a mí. Abrazaré la delgadez de un eucalipto y pretenderé con ello, cargarme de tierra. No saldré con sombrilla bajo la lluvia. Tampoco jugaré ajedrez sin ti. Miraré ausente las noticias y buscaré a Chopin como sosiego. Leeré un libro con solapa de letras doradas y confirmaré que la soledad nunca ha sido un drama. Y de nuevo buscaré la pijama temprano, me pondré las medias para el frío y me serviré un vaso de coca-cola bien helada. ¡Vaya contradicción! Desharé la trenza que anuda mi cabello y acompasaré melodías con los dedos. Me diré que aún puedo aprender piano y me regañaré cuando salga a relucir la excusa del tiempo. Lo cierto es que hay días que me muero de aburrimiento. Do. Y aún no te he dicho que te soñé, o más bien, que tu silueta me sorprendió en sueños. Era de noche y caminábamos sobre un cascajo húmedo. Me torcí el pie y estábamos lejos de casa. Me apoyé en ti y te oí tararear un blues. Re. Vi tu imagen en el retrovisor. Frené en seguida. Te busqué tras mis grandes lentes y el smog parecía haberte tragado. Mi Me subí al Metro a un vagón vacío, raro eso de vacío, y me senté en todos los puestos por un fragmento de tiempo. En las estación Industriales te subiste. Un vagón para ambos y sentía que el espacio era pequeño. Fa. Le temo a la vejez. Llegar sin ti a mi lado es una puñalada al viento. So. ¿Qué estamos haciendo? Improvisando. Tú sigues en el Metro y yo ya tengo el cabello blanco. Son las cosas que suceden cuando desanudas una trenza. La. El vino está servido. Sabe mejor desde que viene de ti. Tu sorbo parece el de un ave. Tu beso, ya superó las dos sílabas. Si. Y llega una correspondencia con sello de cera y un par de iniciales. Me entusiasmo al verla. Me cuesta creer que es para mí. ¿Será de ti? Do. La carta resulta ser la invitación a una boda. Blanca.