martes, 7 de octubre de 2014

El dolor no entiende de festivos ni lecturas

Esperaba verte hace unas horas. Tardé, tuve que envolver mi dolor en una servilleta con la inscripción ingenua de nunca jamás. Sonreí. Sentí calmante tu solapa. No te conté que lloré ni lo crónico que quiere parecer ser esta aflicción entre vértebras lumbares. Sólo tú puedes tomarme. Sólo tus nombres me hace olvidar lo demás. Sólo tus letras afinan mi oído y tus historias alimentan mi alma.  Pág. 142. (Entre el fútbol y tú, me quedo contigo) No temas pensando que me quedaré dormida o que olvidaré el nombre del personaje que mencionaste hace unas páginas. Te sigo. El estudio es un caos así que es mejor acomodarnos en el sofá de la sala. Hay buena luz ¿sí ves? ¿Me decías?  ¡Qué viva el primero de mayo! Pero sí es el día del trabajo... un primero de mayo en mí, es igual a un 12 de octubre o un 7 de agosto. Miento, sé lo que se conmemora pero no me conmemoro diferente. Voy de aquí para allá, del dormitorio al estudio, del estudio al salón con afán de letras. El dolor no es cómplice de mi falta de sosiego. Por su culpa tengo que suspender cada tres páginas. Acomodarme. Palpar el punto máximo. Escuchar lo que tiene para decir. Ver que balbucea palabras, que necesita una mano para poder ser. Me apiado de él. Le pregunto: ¿qué tienes? Soledad. Es apenas lógico. Nadie quiere abrazar el dolor. ¿Me abrazarías? Eso hago al describirte. ¿No sabes cómo eres? Bueno, eso sí es algo nuevo. Eres un ardor, una punzada, una molestia, una inflamación. No entiendes de festivos ni de mundiales ni de horas de vigilia, ni de la importancia del sueño. Atraviesas... te riegas en mi pierna derecha, aprisionas mi nervio ciático. ¿Que si quiero decirte algo? Seguro, basta. Te doy un titular a color y te marchas. ¿No ves que un libro me espera?



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