sábado, 20 de septiembre de 2014

Un voto de confianza


Esperaba más de mí. No está desazón que quema las entrañas ni el tiempo detenido con tu mirada. Esperaba menos temor, más certeza. Quería dibujar tus labios como una estampa y tatuar tus ojos a ocho centímetros de mi mirada. Quería pronunciar tu nombre como una estampida y soñar tu tacto como si fuera posible. Me queda un olor que se desvanece, una voz sin eco, fragmentos de tu cabello enredados en mis dedos. Me sobra este dolor. Me sobra el llanto contenido, la mueca que fue sonrisa y los zapatos lacerando mis pies. Anhelo tu discurso expansivo, tus personajes en fuga, mis personajes siguiéndolos, mi búsqueda. Añoro tu tiempo entre mi tiempo, mis dedos entre tus manos, mi silencio en una noche fría. Lo cierto es que desciendo desde el techo en un intento por marcar tu espacio. Dos o tres lágrimas se deslizan sin temperatura precisa por un rostro sin desmaquillar. Cambio la tele por un libro y es una loca la apuesta de Millás. La pescadería está en la portada nada más. Julia revisa la palabra pobrema y le amputa el ma como si fuera sencillo amputar sílabas de palabras reales o ficticias. En otra esquina miro con cariño Voces que trae la brisa de Nubia Mesa. Estoy prendida del cuento de la tía Adela. Y mientras leo anhelo de nuevo tu discurso expansivo, tus personajes en fuga, tu lectura voraz. Ya no me duele el estómago y me descalcé. Y está tan frío el piso como lejos tus ojos ausente tu boca. Arrímate no más y hazme creer que el cielo, está en la tierra.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Dibuja mi música

Estoy contigo. Más allá de las voces y los silencios. Cerca del atardecer, justo en frente de la parada del bus. Estás conmigo. Más acá del reloj anunciando ciclos. Lejos de la última estación. Aquí donde una corchea es tu mano abierta y la música clásica lo más contemporáneo.  Estoy contigo. Soy piano. Soy chelo. Soy saxofón despierto. No poseo más dirección que tu aliento. Tus ojos me han visto llorar y los míos cuentan las veces que te han visto maldecir. El cielo queda cerca de tu casa donde un jardín de hortensias recibe tu tacto sin tijeras. ¿Cómo sé dónde vives? Debo confesarlo: te seguí. Allí donde la noche es más fría y caminar sobre maderos hace crujir tu morada de ermitaño. No entré. Después de llegar tan lejos, me arrepentí. No vi un timbre ni una campana que pudiera anunciarme. Sólo los ladridos de los perros que un par de veces silenciaste. Rompí nuestro pacto, ahora me siento terrible. Quizás una cena en mi casa pueda remediarlo. Quizás no. Pero tengo que decirte porque de lo contrario pensarás que te mentí. Y quiero que tu mano abierta siga siendo esa corchea que rompe mi silencio.