domingo, 8 de junio de 2014

El mundo sin otro

La última ficha del juego parece un marcador de mundial. Ganar por uno no es lo mismo que perder por cero. Gana la tesis desde que regreso a las primeras aulas, a Beatriz Elena, al transeúnte, a Paul Auster, a la Ciudad de Cristal. No puedo decir que alguien me sigue, soy yo quien se sigue en un pasado reciente. Los viernes, los sábados, no me pertenecen. Le pertenezco a filósofos que desconocía, al barco como la mayor heterotopía. Intento hacer una topografía de mi ciudad fantasma y antiguas presencias se arriman. Olvidé la intimidad en mi afán por vivir sola. Ya no tengo de eso. ¿Qué es intimidad? Soplo un uno, sostengo un cero. Nadie en la mesa juega conmigo. Soy los dos únicos jugadores con dos juegos posibles y donde ambos saben, lo que tiene el otro. Esta es mi última ficha. El mundo sin otro es imposible. De afuera me llegan voces infantiles, de verdad que juegan, le dan al banco de aluminio con una piedra. Por un momento me provoca pararme y decirles que hagan silencio, que alguien procura trabajar pero me arrepiento. Necesito sus ruidos para no tener una intimidad ensordecedora. 

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