domingo, 25 de mayo de 2014

La urdimbre del mal

La perdición está en nosotros. No importa cuántas veces acusemos al mundo de nuestras pequeñas desgracias, el mundo... no es responsable. El mal se teje en el instante mismo que decidimos sin decidir, traicionarnos a nosotros mismos. Así como cuando aposté por tu mirada y sucumbí en un beso sin control y carente aún más, de planeación. Tu boca me hizo olvidar quién era. Fui o había sido una mujer con pocas reglas y llegaste tú y me ayudaste a quebrantar la última. Tienes tanto en casa que mi calle, no puede evitar sentirse culpable. Sí, un fragmento de verso que escribí hace años y que viene al caso. Mi calle está poblada de letras, de imágenes, de recuerdos con nombre propio, día y lugar. Mi calle se acuesta a las nueve. Mi calle tiene pero no usa televisor. Mis adoquines son tildes, diéresis, comillas y puntos suspensivos en los más diversos colores y presentaciones. Los faroles sí, continúan siendo nidos de luciérnagas y los semáforos, bueno, los semáforos tienen tres luces diferentes al rojo, amarillo y verde. Si alguien pasa por aquí, reconocerá que algo anda mal enseguida. Tengo banda sonora para casi todo. Hasta para el mal. Es el sonido que hace alguien al pisar una copa de vidrio. Irremediable. Esta tarde transcurrió mientras observaba armar a un autómata. Al menos eso creía, pero el director Guiuseppe Tornatore tenía otros planes. Olvidé casi todo. Y digo casi, porque no olvidé tu beso. Son las ocho y de nuevo soy calle. Hoy no vendrás a buscarme. 

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