domingo, 6 de abril de 2014

Doble duelo

Todos tenemos un ser favorito en el mundo. Mi papá era ese ser. Me gustaba recién levantado, al medio día, en corbata, con chaleco, en pijama. En la casa, en el club, detrás de la dirección de su auto. En la silla del sofá, imprimiendo una hoja en su escritorio. Con un cigarrillo en la boca, con la candela entre manos. Con un lápiz para leer la prensa y anotar... un número quizás. Tomando café. Regando la sopa. Leyendo a Galeano. En Domingo me gustaba más. Los domingos eran para estar juntos. Entonces me daba a la tarea de comprar algo para almorzar, disponer la mesa, ver que no faltara el aguacate. ¿Dónde quedaría nuestro tarro para Mondongos? Las hierbas, el ají, las arepitas bien calientes, la gaseosa con hielo a todo dar. Sus pantuflas... ¿Puede haber algo más bello que recordarlo? Dos años y por Dios que no me acostumbro. Cuando un amigo suyo me saluda con cariño regresa todo a mi recuerdo: la sonrisa coqueta, sus ojos en límite del mar. Ojos de ciénaga, a veces verdes, a veces azules... Insisto papá: ¿qué hacer con el amor que queda? ¿Dónde pongo tu silencio? ¿Qué hago con lo que me dirías en los umbrales de mis noches? ¿Cómo enfrentar el nuevo día? Ya no está tu llamada a las seis para ver esta flaca cómo está. Ya no soporto los clubes, esos palitos blancos de golf donde va la bola, los bufetes, la gaseosa con dos hielos nada más, la pimienta, el puré, los fósforos porque no hay candela, los boleros cantados por alguien más. Ya no soporto el domingo, tener que levantarme, fingir que puedo ser soporte de alguien más. Las fotografías no tienen ni idea de quién fuiste. María Bonita ya es María la fea. No me gusta acordarme de Acapulco ni de México, ni de Agustín Lara tampoco. Me hacen llorar. El mismo efecto de Abril en Portugal. Hay lugares a los que no puedo volver, por ejemplo: Podestá. Y hay instrumentos que parecen haber nacido para rendirte memoria. Cuando nací, me pusieron en tus brazos después de mamá y ahí, en ese instante, supe que no habría nadie más. Aprendí a escribir para que tus ojos me leyeran. No aprendí a cantar pero me sé de memoria esas, tus letras. Un domingo te llevaste también a mi mejor amigo y mi duelo es doble desde entonces. 

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