domingo, 9 de marzo de 2014

Vértigo dulce

Dejé la ventana abierta hasta la madrugada, tiempo suficiente para tejer una ilusión con la membrana misma de los sueños. El amor se presentó como un confite, sin envoltura, nada de plásticos transparentes, ni papeles timbrados con nombres de fiesta. Así, en bola, le pregunté por dónde lo mordía y no fue explícito. Tímidamente mordí una de las puntas. Esperaba algo dulce y el sabor fue salado, algo así como un sudor perfumado. Continúe masticando por temor de ir a perderme algo y por Dios que el confite me supo a piel -quizás fue su textura- Entonces me devolví para ver si no me había saltado algo al abrirlo y no. No tenía nombre especifico esta piel. Mordí de nuevo y sentí unos ojos café. Dudé en sí mi afirmación podía ser cierta y si los ojos no eran de otro color o pertenecían a alguien que no conociera. No. Eran café. Me pareció curioso que un confite pudiese contener tanta información pero éste apenas si estaba comenzando. Luego me describió el cabello y el tono de piel, también la estatura y la ausencia de barba. Me sorprendí al morder un amor sin barba. Usualmente me gustan las barbas. ¿Pero qué tenía este confite/amor de especial? Todo. Sin pensarlo dos veces, me tragué el confite completo. Por poco me atraganto y de ahí que más tarde me diera un vértigo insoportable que terminó en una camilla de urgencias. ¿Ha comido algo raro hoy? -me pregunto la enfermera. ¿Cómo decirle del confite amor? No. El suero comenzó a bajar y se llevó el mareo, mientras tus ojos acompañaban mi desvarío. Lo siento -dije con tristeza. No te preocupes -respondiste convencido. Y salí tambaleando del hospital con tu mano como bastón y mi pena por querer engullirte, tan notoria que no te causó sorpresa. 

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