lunes, 3 de marzo de 2014

Salvarte de mí

Como en Las babas del diablo, tengo una fotografía del tamaño de un póster proyectada sobre la pared. Una imagen contigo, ambos sentados en una banca observando a las amigas de la novia posar junto a ella en una suerte de procesión afectiva. Y sabemos que son las amigas de la novia porque tienen una camiseta con esa leyenda estampada. La novia en cambio, tiene la v cerca del corazón y un diminuto velo arreglado sobre una coleta. Es viernes, provechoso día  para casarse. Día provechoso para amar también, sin el corazón en evidencia y con la boca semiabierta no vaya a ser que entre un mosco. Bromeo. En la fotografía me besas y todo el caribe me sube entre el estómago y la garganta. Me baja tu sabor. Dos o tres papilas pelean por determinar un parecido. No hay tal. La banca se estrecha. Mis manos se acorazan debajo de mi pierna. Tengo que salvarme de ti. ¿Qué digo? Tengo que salvarte de mí. Es demasiado tarde, tu boca me succiona. Entreabro los ojos para mirarte. No sólo me gusta como besas, me gusta verte besándome. Debes sentir mi mirada porque de repente me miras y cierro los ojos a regañadientes segura de mi fracaso en materias de olvido. Ya no puedo salvarte de mí aunque es claro que tú, me salvas.

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