martes, 11 de marzo de 2014

Cuarenta pies

El viento sopla de izquierda a derecha. Así van las olas una tras otra. Dos buques mercantes con contenedores de colores que oscilan entre el naranja y el rojo con escasas variaciones de azul llevan y traen eso que llaman globalización. Todo lo necesario está ahí: víveres, electrodomésticos, automóviles, repuestos o medicinas. Todo viaja. 20 o 40 pies abandonan cubierta para ser el cuerpo de un camión que apenas si ha superado el mareo abordo para enfrentarse a las carreteras del interior del país. Adiós el sol, pronto la neblina, no sin antes posarse sobre básculas y planillas. Son libres para que una tripulación de un solo hombre las lleve hasta su destino, mientras tanto soportan las cajas que se asolean en aforos. Alguien verifica que si sean las que otros dicen deben ser. No se es polizón cuando comercian contigo. Todo está en orden, el visado correcto, los sellos a punto, las fechas coinciden. Ya suena el primer llamado. Todos abordo, preparados para salir, en treinta minutos. Sin embargo, un puerto donde no hay de quién despedirse. De a un patio a otros, los puertos se asemejan, sólo las lenguas son claramente diferentes y manifiestas: Buen viaje. ¡Que así sea!

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