miércoles, 5 de febrero de 2014

Brisa María Mulata

Esta brisa tuya se escucha como trino de María Mulata, como ola contra el casco de una pequeña embarcación. Atardece frente a un fragmento de muralla que muchos han confundido con letrina. Dos o tres mosquitos me han creído emparedado y sus lenguas han moteado mis brazos y piernas durante varios esfuerzos inútiles por aplastarlos. Un par de turistas me han tomado por fotógrafa y sin mucha explicación me han cedido sus cámaras para que los retrate. Esta brisa tuya... te precede. Te imagino llegar en los rostros desprevenidos que se acercan. Uno a uno voy descartando hasta que la brisa cesa y como es lógico: llegas.
-Te has perdido el atardecer.
-¿Y cómo ha estado?
-Maravilloso: entre ocre y rosado.
Y ya tu mirada comienza a dibujarme un beso para el que no estoy lista. Antepongo detalles del viaje y nimiedades de la estadía hasta que me atrevo a darte tu regalo: 1984 de Orwell en edición de bolsillo. Lo abres entusiasmado y comenzamos a hablar del fin del mundo en las letras. Entonces no sé cómo ni porqué saltamos a filosofía y discutimos la vida no tan privada de Heidegger. Orión se sacó el cinturón y frente a la banca comienza un desfile de gatos que no deja de ser curioso cuando no hemos visto ni el primer perro callejero. Tras la última cola marrón, migramos al cine. Me sugieres ver La Pianista y eres muy enfático en qué no vaya a confundirla con La profesora de piano. Reímos. Ahora es mi brisa quien llega hasta a ti. Uno, me dices. Uno, ya no puedo negarme. Entonces la brisa se hace mordisco y por un instante... soy toda tu noche.

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