lunes, 24 de febrero de 2014

Tu sinónimo febrero

Dos años. No dos años cualquiera. Dos años sin ti, sin tu voz, sin tus ojos. Acude a esta memoria mía tu imagen más genuina, la de la sala, la de la silla, la de tus huesos en pijama azul. También, la del café humeante, el periódico en el piso, el teléfono en la mesa y los cigarrillos en caja, junto a la candela verde, abiertos y por la mitad. El frío de ahora, nada tiene que ver con el de entonces. Tu abrazo hacia todo cálido, cualquier problema una minúscula dificultad y mi impotencia al escribir, tan sólo un tránsito. "No me gusta estar solo vieja." Recuerdo que decías. Pero aquí estoy papá. Y entonces me estirabas la mano y nos dábamos un apretón que justificaba las horas siguientes. Una ardilla, a nuestras espaldas, veía la forma de hacerse a un aguacate y tú me invitabas a almorzar. ¿Cómo decir que no? Me dejabas por un rato mientras un baño acicalaba el último guayabo que nadie sino tú, podía sentir. Salías afeitado y en orden con ese aroma de Johann María Farina que a propósito incluías en el pañuelo del bolsillo de atrás del pantalón. "Acuérdate de Acapulco, María Bonita, Maria del alma¨ tarareabas antes de buscar la canción en tu antología de boleros. Las diez de la mañana y estabas de serenata. Nunca me ofreciste ron. Si brindamos, fue con otras cosas. Además la niña seguía siendo yo. En repetidas ocasiones hablamos de la muerte. Te horrorizaba eso del descanso eterno. Escuchabas con inquietud mis reflexiones budistas. ¿Bardos? Sí, estados de conciencia. Por tu mirada sabía que debía continuar hablando. En la mesa frente a ti, tenías un libro sobre Jesús. Una aproximación histórica de José Antonio Pagola. Me decías que con ese Jesús era que te identificabas. Todo es amor. Y es cierto. Sin embargo ¿qué hacemos con el amor que queda? Cuanto lamento no poder seguir edificando momentos. Lo último que tengo de ti, fue un sueño. Una mañana de domingo te vi pasar sonriente con una noticia: habías conseguido casa. Estabas frenético. Incluso me preguntaste cuándo iba a mudarme contigo. ¿Mudarme papá? Debe ser que no ves que vivo contigo.

viernes, 21 de febrero de 2014

Llegar contigo a la noche

Me molesta este frío de mañana, esta luz opaca y el par de lagañas que enturbian mi primera visión diurna. Me molesta despertar sin él y entretenerme en mis series de diez: fisioterapia en casa. Siento la edad en los pies. En la manos: el marcado acento de la nostalgia. Mis nudillos ya no se doblan para abrazar los suyos. Árida, olvido intencionalmente lavarme los dientes. No por mucho. Intento cepillarme sin encarar el espejo, repitiendo quizás el sonido de la espuma y las cerdas contra molares aburridos. Es viernes y elegí un suéter rojo para una jornada larga. Dulcinea del Toboso aletea en las páginas que estudio. La caballería era bien extraña... regalar hazañas a las damas hoy sería equivalente a dedicar el logro de la meta de ventas. ¿Qué digo?  No me presten atención, el frío está afectando mi entendimiento. Se me nubló el juicio y tengo apetito de hombre. Quiero recorrer con los dedos una nariz y morder unos labios como si se tratara de un pez un anzuelo. Quiero quedar prendida de una lengua, de una serie de besos. Sí, tú, ayúdame a olvidar quien soy de razón, muéstrame quién puedo ser de raíz. Arranca mi amargura, siembra un brote de mí en tu pelvis. Leamos versos del límite, quiero llegar contigo a la noche.  

martes, 18 de febrero de 2014

Un bosque a mis espaldas



Un bosque a mis espaldas tiene la forma de mis fantasmas. Un árbol alto e inmóvil se asemeja al filo del miedo con que desperté esta madrugada. Ese silencio para nada cómplice, es pretexto de inquisición que adora colarse en mi pensamiento y recordarme la zozobra. Despertar a las cuatro es como no haber dormido porque a esa hora el frío es más intenso y más perverso. Las ramas dibujan puñales y toda suerte de armas blancas. La muerte es como un susurro que sube el volumen a medida que se acrecienta nuestro miedo. A ratos se hace dictatorial y como a todo dictador, no hay que escucharlo. Un arrume de almohadas protege mi cabeza de ideas infiltradas y acciones para las que no hay deleite. Cuando todo termina, ¿qué comienza? Prefiero continuar en medio de la nada. Ser parte de la historia sin fin. Acuñar un verso como salvamento. Pensar en el sol como ese nuevo día... sí, no importa que duela el coxis ni que las piernas no respondan. Mientras pueda intentar una sonrisa, será como la mecha que prende el fuego en la ventisca. Intentar sonreír puede ser el primer asomo de la alegría.

lunes, 17 de febrero de 2014

Espiral de referencias

El primer paso fue un poema. Allá donde los tigres tienen oro y la ansiedad y el alivio de oír tu voz hacen que el amenazado, sea el amor. El segundo, fue un cuento que tuve que cerrar a fuerza de la lluvia que se desató al mismo instante que abrí el libro. El tercero fue un intento inútil de encontrar el cuento que había decidido esconderse en tan bella antología. El cuarto fue tomar un compendio de campos de golf y leerlo como si en realidad entendiera las diferencias entre un campo y otro, siempre que fueran 18 hoyos... el 19 me recordaba al bar donde celebraba el juego mi padre. Toda verde, decidí elegir como quinto, un libro de tarot, sí, la mirada de Jodorowsky que involucra arquetipos, tiradas e interpretación del color... entre otras cosas. Quise hacer una lectura por bibliomancia y tan pronto me salió el arcano VI, El Enamorado, me dije que no, no podía ser. Busqué entonces lo que mi mano eligiera y una fotografía le salió al paso. Me costó reconocerme en esos años. Supe que era feliz y que entonces, no me había dado cuenta. Quise retratar la espiral y este fue el resultado. Ahora mismo felicito a un amigo por su cumpleaños e intento imaginar si algún día dejaremos de celebrarlos. Quizás en treinta o cuarenta años sea inquilina en un hogar de ancianos. Allá donde cada año se está más cerca de la muerte y del alivio o más lejos de la razón y el cuerpo sano, la espiral será la propia mente, intentando comprender en qué momento se fue la vida por el caño. 

Breve, en ti

Podría apostar mis huesos contra tu aurora. Perder el fémur, fotografiar un color, capturar tu sonrisa como único amuleto de mi prisión de tiempo. Sí, te serviría mi homoplato si me acariciaras con tu boca. Invertebrada, sería una sombra que en vano persigue adherirse a la tuya. Recibe mi cráneo que ya decidí qué hacer con mi materia gris. Abre mi esternón, agarra lo blando. Permite que me derrame en versos. Amputa mi lengua con el sabor de tu beso. Mira que valió la pena vivir para presenciar con tu nombre en mi frente como guacamayas surcan el cielo. Valió la pena esperar hasta llegar a ti: eres la llave de mi sosiego.


viernes, 7 de febrero de 2014

Entrada previa a un cóctel

Se trata de ambos, de ahora también, no de la historia que una vez nos vio jóvenes ni del futuro que dejamos hablando solo. Es sobre tus maneras de regreso a ti sin mi voz carraspeando malos hábitos. También de mis maneras de nuevo conmigo sin el canal FX como interferencia. Tú y yo, ese plural que ha muerto para resucitarnos incompletos de tal suerte que extraño tu barba o añoras mi aroma. He pensado hasta cambiar de fragancia en señal de olvido pero aún no me acostumbro a esta nueva era. Cada vez que intento imaginar un cuerpo de hombre el tuyo se interpone y has de entender que me cuestan estos pasos que inventa mi deriva. Mi mano derecha, huérfana de tu izquierda se esconde tras bolsillos de lino, paño o incluso jean. Ninguna argolla viste mi dedo anular y en cambio, anillos estrafalarios con piedras vistosas pretenden alegrar el vacío de una decisión para la que sea dicho: carecía de experiencia. El frío volvió a instalarse en la habitación como aire acondicionado y de nada sirven pesadas cobijas ni dormir con las piernas abrazadas. Extraño contarte sobre el libro en curso y el afecto desmedido que me despierta un personaje y ni hablar de ese capítulo que me tiene descontenta. Extraño tus referencias visuales... Eugenio Recuenco inventado lides y Sturges retratando la inocencia. Y mientras me preparo para asistir a un cóctel pienso en todas las veces que sonreiré a pesar de... y no puedo evitar pensar en los chistes sobre el divorcio que harán una y otra vez mujeres que asisten solas a estas galas pero se conocen como bien acompañadas.  Asisto conmigo con mi ausencia de ti con mi peso más liviano y mis ideas... a ratos un poco más macabras. Estoy pensando dar mi mano en adopción.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Brisa María Mulata

Esta brisa tuya se escucha como trino de María Mulata, como ola contra el casco de una pequeña embarcación. Atardece frente a un fragmento de muralla que muchos han confundido con letrina. Dos o tres mosquitos me han creído emparedado y sus lenguas han moteado mis brazos y piernas durante varios esfuerzos inútiles por aplastarlos. Un par de turistas me han tomado por fotógrafa y sin mucha explicación me han cedido sus cámaras para que los retrate. Esta brisa tuya... te precede. Te imagino llegar en los rostros desprevenidos que se acercan. Uno a uno voy descartando hasta que la brisa cesa y como es lógico: llegas.
-Te has perdido el atardecer.
-¿Y cómo ha estado?
-Maravilloso: entre ocre y rosado.
Y ya tu mirada comienza a dibujarme un beso para el que no estoy lista. Antepongo detalles del viaje y nimiedades de la estadía hasta que me atrevo a darte tu regalo: 1984 de Orwell en edición de bolsillo. Lo abres entusiasmado y comenzamos a hablar del fin del mundo en las letras. Entonces no sé cómo ni porqué saltamos a filosofía y discutimos la vida no tan privada de Heidegger. Orión se sacó el cinturón y frente a la banca comienza un desfile de gatos que no deja de ser curioso cuando no hemos visto ni el primer perro callejero. Tras la última cola marrón, migramos al cine. Me sugieres ver La Pianista y eres muy enfático en qué no vaya a confundirla con La profesora de piano. Reímos. Ahora es mi brisa quien llega hasta a ti. Uno, me dices. Uno, ya no puedo negarme. Entonces la brisa se hace mordisco y por un instante... soy toda tu noche.