viernes, 3 de enero de 2014

La pintora no nata

Conserva algo para la eternidad. ¿Qué digo? Consúmelo todo, agota el presente, exacerba hasta la piel. No cierres los ojos. Memoriza el aspecto de cada rincón, aprende la ubicación de  las grietas, los clavos visibles, la inclinación a la izquierda y obligada de entrepaños cargados de libros. Intenta fundir los colores del cuadro quijotesco que te acompaña en el estudio: blanco, amarillo, rojo, negro, verde, café y azul. ¿Podrías lograr alguno de sus trazos? No, que va. Eso no es lo tuyo. Vuelve a la mesa, cruza las piernas, aniquila la última emoción. Cuenta cómo asesinaste a la pintora en ti. No te rías. No es un chiste. Di que tienes un lienzo en bola a un metro y en bolsa. Di que las patinas ya no saben de ti, que el estuche está aburrido de estar cerrado y los pinceles que guardaste húmedos están incómodos ante tal falta de cuidado. Di que no puedes pintar más. Di la verdad, di que no quieres. El pulso cada vez es más torpe y el único que no lo nota es el teclado. Confiesa que amas esos ciento un caracteres, falso, esos ochenta y siete caracteres que parecen tener personalidad propia. Di que amas la N aunque la primera palabra que se te cruza por la mente con ella es Nada. Tropieza con la T y sí, di que la Q para ti es querer. Ahora que estás expuesta confiesa también lo difícil que resulta a ratos lograr un retrato. Te la pasas de aquí para allá sin entender la luz, sin comprender por qué al utilizar las herramientas de dibujo y seleccionar blanco y negro al 25%  la mayoría de las veces no sale bien. La saturación adora comerse tu nariz. Como ahora. Tenemos que intuir que tienes nariz por dos pequeñísimos agujeros que tus ojos devoran para alguien más. Confiesa que no te huele a nada. Que quizás por eso no te gusta la pintura. Huele demasiado. La trementina es insoportable. El varsol imposible. Prefieres las letras porque no huelen, dan a oler. Es así como ahora -agresiva- piensas en canela y te preparas un café. 

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