martes, 7 de enero de 2014

Experimento


Apaga la vela, ven a dormir. No, piensa en la espada corta el instante, fractura la emoción. Reconoce que... estás sola. Te sientes vulnerable y duplicas tu imagen y eso no alcanzará para construir un pequeño ejército de ti. ¿De qué serviría? No podrías enviar una a preparar huevos y dejar que la otra arregle la habitación. Están pegadas ¿sí ves? Más bien pon un libro en manos de ambas y esperemos a ver qué ocurre. Una de las dos deberá sostener poesía mientras la otra seguirá una novela. ¿Qué dirán sus rostros entonces? Una esperará el asombro en el nudo o el desenlace mientras la otra será el asombro entre estrofas. Podrá aburrirse pero siempre volverá. Un arquitecto del cielo la hará anhelar ser nube o bien la muerte le resultará indiferente. ¿Se puede ser indiferente con la muerte? La otra seguirá los pasos de Wilson en La ciudad de cristal y sentirá que se parecerá al Wilson de Poe o no, no lo verá. Tan sólo estará la obsesión de ese padre babel y el teléfono y los parques y New York tan cercana y distante. Y luego... haremos un intercambio. No permitiremos que respiren entre libros. Las intoxicaremos de palabras y sí, les venderemos la ilusión de que podrán comentar al final. Por supuesto, no podrán. Cortaremos la imagen cuando los libros descansen sobre la mesa de noche. Habrán leído lo mismo en orden inverso y sí, son variables de mí. Por suerte a veces tengo la oportunidad de comentar los libros para no atragantarme con el quiso decir. 

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