viernes, 31 de enero de 2014

El escritor es un espía

El escritor es un espía. No puede salir sin tomar nota de lo que observa. Está tan atento que a veces olvida su conversación con un amigo para entrar en la de la mesa del lado. Unas muchachas ríen y una le cuenta a la otra los pormenores de la última noche con él... entonces el escritor intenta imaginarse a ese sujeto y por un instante también es él, tanto que le provoca pararse y preguntar por qué hablan así, porqué cuentan su intimidad. El escritor está en todos los puestos de una fila de un banco, a veces incluso agranda su visión cuando un sujeto firma como responsable de la transacción y hay que ver que esos nombres le son útiles... y cuando sube a un bus, o al metro, o camina el centro de la ciudad, queda prendado de la forma como una mujer contonea sus caderas o de la voz de un hombre que anuncia saldos. Todo lo que sea susceptible de ser percibido por los sentidos es de su agrado, en todo puede hallar descripciones de vidas posibles. Lo que para otros es una algarabía para él es un concierto de voces. Necesita de ese contacto para luego sentarse en su ritual cotidiano de narraciones plausibles, esas que nos conectan, las que nos identifican, las que parecen hablar de nosotros y no de un personaje lejano. A veces también es de los que se esconde tras las paredes, aquel que mira como otros duermen, el que anhela captar el momento del despertar. Ningún despertar se parece a otro. Es así como toma nota de la posición del cuerpo, del lugar dónde se encuentran las manos, de ese mechón que cae sobre el cabello y de la lentitud con que los ojos se abren para acostumbrarse a una nueva vigilia. Y aunque podría decirse que también espía por la web, la experiencia le ha demostrado que nunca es lo mismo. Que un vídeo de un despertar no trae los olores ni el entorno ni es capaz de imitar con sabiduría la luz. Ahora alguien espía tiernamente. Escribe. No siempre publica. Y cuando retoma lo escrito... sí, recuerda. 

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