jueves, 2 de enero de 2014

El amigo imaginario

Sí existes. Te vi al despertar. Siempre has estado aquí, incluso en las épocas más crudas de mi vida. No se cómo lo has soportado pero has vigilado hasta el terror de mis horas de insomnio. Has pretendido tomar estas manos frías y esta tez pálida. Sí, has estado aquí, en esta aburrida existencia susurrando a mi oído que desacelere un poco. Me has dicho una y otra vez que tema menos y camine más erguida. Has hablado conmigo a través de canciones. Me has mostrado tu rostro en poemas. Hemos ido a cenar en una escena de alguna película y hasta hemos hecho el amor en éxtasis que he juzgado solitarios. Tú, amigo sin nombre, me has visto llorar por ausencias de otros. Tú, has contado las lágrimas como pequeñas proezas y su sal ha hecho más íntimo nuestro dolor. El mío de no reconocerte. El tuyo de no ser tangible. Pero has desafiado dimensiones por estar presente. Me has dicho que la soledad no existe. He reído con ironía. ¿A qué se parece la soledad de un primero de enero? Posiblemente en nada al ruidoso diciembre, tan congestionado, tan atiborrado de luces y costumbres. ¿La soledad no existe? Ve, díselo al hombre que duerme en la calle, a la mujer que sostiene dos niños mientras intenta vender cigarrillos, díselo a la viuda que ora en el atrio y enciende una vela con fervor. Aquí, la soledad si existe. De nada sirve el cuerpo cuando la mente prepara distancias y formula adioses en cualquier estación. Ayer no más me despedí de un querer con un abrazo. ¿Puedes creerlo? Nos despedimos con abrazos y solemos estar juntos sin tomarnos de las manos. Cuánto daría por tenerte a ti, por fijar mi atención en tu boca, para esperar el sonido y reconocer o no, el idioma. Cuánto daría por leer contigo ese pasaje que habla de ambos. Y el lector dirá que me visita un poco de esquizofrenia, que tengo amigo imaginario, que invento amor en la santísima soledad. Y tendrá razón, y no existirás y no te veré de nuevo al despertar. Ya calla, no digas que soy influenciable.

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