sábado, 18 de enero de 2014

Desde el museo al Palacio Nacional

Observa sin melancolía el antiguo Palacio Nacional. La luz se ha quedado afuera y ella no se incomoda ni pierde el equilibrio al saber que su retrato sólo será una silueta. Quiere llevarse ese paisaje. Quiere decir que estuvo aquí. Quiere arañar el centro como se araña un pastel de hojaldre. Quiere escuchar hablar porque dice adorar el acento de estas tierras. Pues sí -le respondo con cariño y tomamos un ascensor para tan sólo dos pisos. Pensamos en las salas que dejamos atrás y en las obras que elegimos para hacer un retrato. Botero y Picasso conviven en el mismo edificio pero como la mayoría de vecinos, no saben a quién tienen al lado. Tras esculturas y cuadros terminamos el recorrido para habitar una tarde de viernes en Medellín. Lo hacemos sin prisa, sin mapa, sin rumbo trazado. Subimos del Parque Berrio al Pasaje Junín y descansamos en Versalles para un refresco. Le cuento de la historia del restaurante, de las empanadas argentinas, de las portadas antiguas de revistas que descansan en las paredes. Un jugo de maracuyá es su elección al ordenar y yo por supuesto, no puedo dejar de pedir una coca-cola light -o zero, me da igual-. Es maravilloso contar con su compañía y ver como sonríe cada que encuentra en el paso algo que le gusta así sea algo tan simple como una pluma o el anuncio de un vendedor ambulante. De regreso al museo, su sombra se quedó vislumbrando un edificio tras la ventana. Reparaste en las gárgolas le pregunté y es allí precisamente donde su sombra mira.   

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