jueves, 9 de enero de 2014

Del cuarto de San Alejo

Haces parte de un mobiliario romántico. Un candelabro con telarañas entre velas nos da una idea de cuánto llevas allí. Te momificaste en la espera de alguien más. La promesa de las seis pronto se volvió tardanza. La luz se fue, la noche fue testigo de tu espera. Te embarazaste de excusas, le diste mil razones para no estar contigo excepto la posible realidad de que no quería. Intentas recordar si aceptó tu propuesta y por más que lo intentas no puedes. Estás soñando. La agonía no da espera. ¿Cómo escapar de un sueño? Respiras profundo. No funciona. Cuentas al revés comenzando por cien. Te golpeas la cabeza, gritas: ¡Despierta! Nada. Entonces decides espiar el aposento de tus sueños y encuentras porcelanas de cuando eras niña, un par de camisas de papá y el anillo que le botaste sin querer una vez a tu madre. El cuarto es divertido después de todo. ¿Qué más hay? Los dos tomos de Conversaciones con Dios de tu abuela. Las zapatillas de charol blanco que tu padre hacia traer de Barranquilla... ¿Muñecas? No. La adorable jirafa azul que abrazabas antes de cumplir un año, sin un ojo, por supuesto. Todo está exactamente igual a cómo lo recuerdas. ¿Hay alguien aquí? Ni eco ni ventanas. Un momento, ¿por dónde entra la escasa luz entonces? Si hay una ventana pero es una paradoja, cuanto te asomas ves de nuevo el cuarto de San Alejo contigo sentada esperando despertar. Es macabro. Buscas tu pulso y no le encuentras. ¿Qué extraño limbo es éste? Te concentras en tu cuerpo sobre tu cama. Te imaginas regresando a él. No, hay movimiento. Entonces unas llaves se deslizan por la cerradura y es Paula. Te da una alegría inmensa. Olvidaste hablar aunque lo intentas. Ves como acomoda el arbolito de navidad sin notar tu presencia y cierra de nuevo la puerta. Estoy muerta. Cuando te resignas y decides leer uno de los tomos... despiertas. ¡Paula! Señora. Por nada del mundo vaya a guardar el árbol hoy. Más bien veamos qué hay para sacar de ese cuarto. 

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