miércoles, 22 de enero de 2014

Besos flacos

Su boca era tan delgada que bauticé sus besos como flacos. Mientras no sean famélicos, me decía con ternura. ¿Será que estoy pasando hambre? Sí es así dame tu boca a ver si engordan. Y entonces hallaba una excusa para besar en lo que otra mujer habría hallado fuente de inseguridad. Más que narcóticos, sus labios eran enciclopédicos. Siempre tenían la silueta del personaje favorito que estaba leyendo. Por Dios que hasta celos me daban del placer con que refería nombres de mujeres y hombres que habitaban ciudades reales y ficticias. Berenice, Theodora y hasta la misma Olinda venían enfrascadas en tan pequeña hendidura. Un día logré sacarle a Felipe el Hermoso y me dijo que era por Maurice Druon. Y cada que soltaba un personaje, yo iba a la biblioteca a buscarlo. Entonces mi boca confería un fenotipo determinado y juntos nos reíamos de comparar sus imaginarios con los míos. Por ella aprendí a amar la lectura. Sin embargo un día recibió una noticia que nos cambiaría a ambos. Había sido aceptada en la Universidad de Toronto y debía partir a la mayor brevedad. No me lo consultó siquiera. Habría tenido forma de hacer un cursillo para tolerar su ausencia... dos años sin esa fuente inagotable de paisajes me obligaba a cuestionar hasta mi propia geografía. Como pude, le ayudé a empacar y la acompañé al aeropuerto. Entonces su boca, hizo lo imposible: me dejo una lista de obras. Desde entonces, resido en la biblioteca. Para el final me dejó a Borges, a  Poe, Baudelaire y Herman Mellville. Cuando llegué a Bartebly faltaban dos meses para su regreso y sin saber el contenido del cuento, preferí no leerlo. Creí que no soportaríamos la distancia y ahora sé que sus besos flacos me dieron un tiquete por lo que sería también nuestro. 

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