domingo, 12 de enero de 2014

Afuera

Se atrevió a cruzar la puerta y su corazón de venado delata su travesura. No es fácil esconderse entre los dos primeros pisos: siempre están los niños jugando en el antejardín con las nanas hablando entre sí o la amenaza de algún domicilio o inquilino que aparezca para pedir el ascensor y con la mirada intente hacerla sentir ridícula. Rápidamente logra un par de retratos y no alcanza a revisar si la luz funciona. Baja los peldaños que la separan de su apartamento y entra corriendo al estudio a revisar. Sí, si dan. El cemento parece de luz y ella de cemento. Recostada contra el muro espera...  ella también pidió un domicilio pero a la vida, no marcó ningún teléfono ni dijo una lista de ingredientes y tamaños, tampoco pidió algo light. No podemos confesar su deseo porque lo pondríamos en riesgo. Debemos confiar en que más adelante nos dirá de qué se trata. Por ahora contemplemos la luz, contemos las escaleras, agarremos la baranda y sí, habitémosla. Sin gritos pide ser habitada. El cincel que dibuja su silueta sabe de su dolor. Resistir es la consigna y no lo logrará sola. Necesita de ti. Quiere comprender tu mundo y plasmarlo en historia. Quiere saber si tu soledad y la de ella se parecen en algo. Si te duelen las horas impares o por el contrario sólo te sientes ciego a las seis. Sí, quiere saber si tomas el ascensor para dos pisos o subes a pie, si das las buenas tardes cuando te topas con alguien y si también mencionas el clima para establecer una conversación baladí. Se pregunta si miras a los ojos o eres de esos o esas que evaden el contacto visual. Necesita de ti. Tú eres la prueba de que la soledad no existe. Si tú la lees ya no está sola. Entonces puede continuar atreviéndose a retratar ausencias.


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