domingo, 29 de diciembre de 2013

Por un farol de luciérnagas


Hace calor. Afuera un jardinero riega las plantas para que no perezcan de sed. Adentro no hay nadie que colinde con las paredes ni prenda un habano para reafirmar su existencia. Nadie se asoma hasta mí. No suena el teléfono ni el timbre. Estoy sola. Es 29 de diciembre y he perdido el amor. ¿Lo gané alguna vez? ¿Había que ganarlo? La baraja de White me regala El Ermitaño y su farol parece un nido de luciérnagas. Leo una antología sobre fantasmas y me pregunto si en eso te has convertido. No tengo forma de averiguarlo. No haces ruidos. Tampoco mueves los cuadros que una vez fueron tuyos ni me llamas desde el armario para que abra y mire lo poco que de ti queda. Y sin embargo, luzco tu último regalo con una suerte de resignación. Sigo la música de un usuario con nombre "naranja" y su piano me regresa hasta mi adolescencia. No soy lo que creí que sería. En realidad nunca supe cómo imaginarme. Vivía el instante, intentaba comprender por qué cuando la lluvia azotaba el asfalto caliente el vapor me producía asma. Me quedaba hasta tarde componiendo poemas que nadie leyó y que con suerte, nadie leerá. Fragmentos sin sentido se arrumaban en cuadernos Norma con caratulas diversas. Letras reprochaban abandonos ficticios y una voz decía temer a la otra en mí. Acertó. He inundado el farol, han muerto las luciérnagas y al ermitaño no le queda más camino que la quietud.   

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