viernes, 20 de diciembre de 2013

Extrañas fiestas

Dame un minuto para pensar. Sí, ya casi. ¿Extrañas fiestas no crees? Muy, muy extrañas. He regresado al rincón donde se abraza la almohada y de noche se siente frío. He subido el perro a la cama para sentir su pequeño bulto en mis pies pero él, contrario a mí, se acalora y se aleja. Su olfato tierno a veces se aproxima hasta mi rostro como pretendiendo descubrir de dónde vengo. La calle no es sustantivo suficiente. He vagado por horas en lugares suntuosos que me han dejado exhausta. He buscado regalos que, es cierto, me daría a mí misma. Y con mi pequeña lista he ido tachando cariños a excepción de ti. No sé si por lo que cariño representa o por lo que tachar significa. Extrañas fiestas. Un pavo, un pernil, salsa de ciruelas, ensalada rusa. La lista de ingredientes da vueltas en mi cabeza. Los carros de mercado están repletos de licor y aunque quizás me apetezca un vino, no tengo el coraje para comprar una botella. Terminaría como la otra noche, bebiéndola, de corcho a piso: sola. Tendría entonces que subirme a la cama como a un auto, con suerte en primera. Sí, carezco de experiencia etílica. Que otros compren vodkas y vinos. Ya llegará el hombre que disfrute como yo de un amargo Martini. Un hombre que tenga repelente de fiestas y no necesite un árbol para afirmar que está en Navidad. Y ahora que muere el minuto, vamos por aceitunas. 

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