lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuando la ciudad no duerme


No puede ocultar su asombro, sus decididas ganas de contar, el murmullo de voces haciendo fila tras sus dientes como usuarios de una sucursal bancaria, la oscuridad... ese pedazo de noche que le roba la mitad del rostro mientras lo demás invoca una sonrisa cómplice. Ha estado ausente, es cierto. Estuvo amando la cornisa por un tiempo, asomándose sin indiferencia a un vacío poblado de semáforos, vendedores ambulantes y pirámides de baldosín. Y de luces navideñas también. De pronto las festividades se le vinieron encima sin moño, sin una pareja con quién cantar villancicos y recitar novenas. De pronto, sintió el horror de no tener una lista de aguinaldos por regalar, cero familiares del otro lado con quien batir una natilla o fritar una docena de buñuelos. Ningún niño recitando sus anhelos para Navidad. Ningún otro niño a quién revelarle que el ñino Dios son papá y mamá. La cornisa. El aire cargado de fritanga y comparsas. Los globos a lo lejos esperando un descuido para subir al cielo. Cinco o seis borrachos recostados contra algún poste. Una mujer en tacones tomando un bus con aires de malabarismo. No entiende cómo es que otra vez se encendió diciembre y sin embargo... prefiere regresar a ese lado de la alcoba que está frío, ese lado que ignora que escribió una carta, que su ciudad no duerme, que su anhelo no es consumible y que sí, viene envasado en ti. 

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