jueves, 26 de diciembre de 2013

Club de lectura para dos

Abro mi sombrilla de pavo real justo antes que el viento con la primera gota anuncie aguacero. Logro saltar la alcantarilla rebosada y compro un par de donas en la esquina. Llego hasta el edificio que me pone los pelos de punta. Doy mi nombre, espero a ser anunciada y evado el ascensor, subo los cincuenta y cuatro escalones que hacen de su apartamento, una casa en el aire. Timbro justo allí donde las referencias nos unen bajo un cielo cargado. Los lunes hago parte de su biblioteca como un encariñado mueble gastado. Dejo mi abrigo y la sombrilla a la entrada. ¿El bolso? Después. Primero debo apagar el teléfono para que nada nos interrumpa. Le saludo al fin con el gesto de un beso y estoy  lista para nuestra lectura. Estornudo. Ofrezco disculpas como si  fuera ofensivo. ¿Proust o Durrell? Lo veo vaciar la cafetera en dos tazas precisas sin agregar azúcar en ninguna. Nos acomodamos. La semana apenas comienza entonces no hace falta preguntar por lo que no ha sido. Proust. ¿A quién engaño? Vengo a leerlo a él:  sus cejas se unen, su elegancia me consume, a pesar del par de pantuflas café que le he visto desde que comenzamos. Carraspeo un poco la voz. Me acomodo los lentes. Al subir a acostarme, mi único consuelo era que mamá habría de venir a darme un beso cuando ya estuviera yo en la cama. Pero duraba tan poco aquella despedida y volvía mamá a marcharse tan pronto, que aquel momento en que la oía subir, cuando se sentía por el pasillo de doble puerta el leve roce de su traje de jardín, de muselina blanca con cordoncitos colgantes de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. ¿La arropaban? Me estaba preguntando algo personal... a mí, sí. Mi padre lo hacía. ¿Qué sentía? Lo contrario. Doloroso era no ser arropada por él. Podía escuchar el crujir de sus rodillas desde el pasillo. Siempre se cercioraba de que mis hermanas y yo, estuviéramos abrigadas. Se sentía... protección. ¿Y qué ocurrió cuándo dejó de hacerlo? Nunca dejó de hacerlo. Disculpe. No debí preguntar. Sentía curiosidad. ¿Quién la arropa ahora? La oscuridad. ¿Continuamos? Creo que es momento para la dona. Cierto. Ahora él me lee. 

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