martes, 31 de diciembre de 2013

Vestigio de ti

Si he de soñar contigo no estaré sola. Vestigios de ti iluminarán mi día. Sonreiré y tu estarás en mi cuerpo de sonrisa. Inventaré historias que te regresen a mí. Contaré por ejemplo que un hombre alto y delgado se fuma un cigarrillo al abandonar la última estación del tren. Una mujer mayor lo acompaña y con ternura dice su segundo nombre en diminutivo: Javierito. Ambos se ponen en marcha y la inseguridad de ella para caminar se ha ido con la vida misma. Entre ambos reparten sueños en un año por venir. Ella le habla a las tías y tú vienes hasta mis hermanas y hasta mí. Me dices que el afán es malo que disfrute todo, que ahorre los disgustos para un después que se posterga. Me felicitas por tu nieto, dices gozar con él. Te recuerdo que te amo y me dices que ahora sí sabes cuánto. Sonrío. Siempre creíste amarme más que yo a ti. 

domingo, 29 de diciembre de 2013

Por un farol de luciérnagas


Hace calor. Afuera un jardinero riega las plantas para que no perezcan de sed. Adentro no hay nadie que colinde con las paredes ni prenda un habano para reafirmar su existencia. Nadie se asoma hasta mí. No suena el teléfono ni el timbre. Estoy sola. Es 29 de diciembre y he perdido el amor. ¿Lo gané alguna vez? ¿Había que ganarlo? La baraja de White me regala El Ermitaño y su farol parece un nido de luciérnagas. Leo una antología sobre fantasmas y me pregunto si en eso te has convertido. No tengo forma de averiguarlo. No haces ruidos. Tampoco mueves los cuadros que una vez fueron tuyos ni me llamas desde el armario para que abra y mire lo poco que de ti queda. Y sin embargo, luzco tu último regalo con una suerte de resignación. Sigo la música de un usuario con nombre "naranja" y su piano me regresa hasta mi adolescencia. No soy lo que creí que sería. En realidad nunca supe cómo imaginarme. Vivía el instante, intentaba comprender por qué cuando la lluvia azotaba el asfalto caliente el vapor me producía asma. Me quedaba hasta tarde componiendo poemas que nadie leyó y que con suerte, nadie leerá. Fragmentos sin sentido se arrumaban en cuadernos Norma con caratulas diversas. Letras reprochaban abandonos ficticios y una voz decía temer a la otra en mí. Acertó. He inundado el farol, han muerto las luciérnagas y al ermitaño no le queda más camino que la quietud.   

jueves, 26 de diciembre de 2013

Entre dolores

No puede levantar el brazo derecho. No puede siquiera intentar una coleta. Debe llevar el cabello suelto y amordazar el dolor. Debe tomar una pastilla cada doce horas y esperar... sin embargo no se queja más allá de lo que dicen sus ojos. Necesita escribir y el antebrazo arde cada vez que digita la y. Debería descansar pero no puede. Si se llena de palabras sufrirá una indigestión mental. Necesita drenar el inconsciente. Necesita decir: te soñé. Necesita también de un segundo, un minuto, una hora perdida en las letras que otros soñaron. Necesita encontrar en Steinbeck la razón por la cual su padre eligió Las uvas de la ira como su libro entre libros. ¡Hay tantas cosas que no alcanzó a preguntarle! Y diciembre se esfuma con el color grisáceo de los pinos que aquí no conocen el invierno. Y las festividades no son lo mismo sin él. Y ya el dolor es otro. Es pura nostalgia. Dos lágrimas descienden por su mejilla y sabe que la felicidad nunca volverá a estar completa sin él. No importa cuántos libros le dedique ni cuántos personajes tengan matices suyos... él no estará para reírse o preguntar. Tampoco le dirá flaca qué vaina ni le transmitirá ese coraje tan peculiar, tan irreductible. Lo mejor será entrar. Volver al escritorio. Decir sin más vueltas: te extraño papá. 

Club de lectura para dos

Abro mi sombrilla de pavo real justo antes que el viento con la primera gota anuncie aguacero. Logro saltar la alcantarilla rebosada y compro un par de donas en la esquina. Llego hasta el edificio que me pone los pelos de punta. Doy mi nombre, espero a ser anunciada y evado el ascensor, subo los cincuenta y cuatro escalones que hacen de su apartamento, una casa en el aire. Timbro justo allí donde las referencias nos unen bajo un cielo cargado. Los lunes hago parte de su biblioteca como un encariñado mueble gastado. Dejo mi abrigo y la sombrilla a la entrada. ¿El bolso? Después. Primero debo apagar el teléfono para que nada nos interrumpa. Le saludo al fin con el gesto de un beso y estoy  lista para nuestra lectura. Estornudo. Ofrezco disculpas como si  fuera ofensivo. ¿Proust o Durrell? Lo veo vaciar la cafetera en dos tazas precisas sin agregar azúcar en ninguna. Nos acomodamos. La semana apenas comienza entonces no hace falta preguntar por lo que no ha sido. Proust. ¿A quién engaño? Vengo a leerlo a él:  sus cejas se unen, su elegancia me consume, a pesar del par de pantuflas café que le he visto desde que comenzamos. Carraspeo un poco la voz. Me acomodo los lentes. Al subir a acostarme, mi único consuelo era que mamá habría de venir a darme un beso cuando ya estuviera yo en la cama. Pero duraba tan poco aquella despedida y volvía mamá a marcharse tan pronto, que aquel momento en que la oía subir, cuando se sentía por el pasillo de doble puerta el leve roce de su traje de jardín, de muselina blanca con cordoncitos colgantes de paja trenzada, era para mí un momento doloroso. ¿La arropaban? Me estaba preguntando algo personal... a mí, sí. Mi padre lo hacía. ¿Qué sentía? Lo contrario. Doloroso era no ser arropada por él. Podía escuchar el crujir de sus rodillas desde el pasillo. Siempre se cercioraba de que mis hermanas y yo, estuviéramos abrigadas. Se sentía... protección. ¿Y qué ocurrió cuándo dejó de hacerlo? Nunca dejó de hacerlo. Disculpe. No debí preguntar. Sentía curiosidad. ¿Quién la arropa ahora? La oscuridad. ¿Continuamos? Creo que es momento para la dona. Cierto. Ahora él me lee. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

Extrañas fiestas

Dame un minuto para pensar. Sí, ya casi. ¿Extrañas fiestas no crees? Muy, muy extrañas. He regresado al rincón donde se abraza la almohada y de noche se siente frío. He subido el perro a la cama para sentir su pequeño bulto en mis pies pero él, contrario a mí, se acalora y se aleja. Su olfato tierno a veces se aproxima hasta mi rostro como pretendiendo descubrir de dónde vengo. La calle no es sustantivo suficiente. He vagado por horas en lugares suntuosos que me han dejado exhausta. He buscado regalos que, es cierto, me daría a mí misma. Y con mi pequeña lista he ido tachando cariños a excepción de ti. No sé si por lo que cariño representa o por lo que tachar significa. Extrañas fiestas. Un pavo, un pernil, salsa de ciruelas, ensalada rusa. La lista de ingredientes da vueltas en mi cabeza. Los carros de mercado están repletos de licor y aunque quizás me apetezca un vino, no tengo el coraje para comprar una botella. Terminaría como la otra noche, bebiéndola, de corcho a piso: sola. Tendría entonces que subirme a la cama como a un auto, con suerte en primera. Sí, carezco de experiencia etílica. Que otros compren vodkas y vinos. Ya llegará el hombre que disfrute como yo de un amargo Martini. Un hombre que tenga repelente de fiestas y no necesite un árbol para afirmar que está en Navidad. Y ahora que muere el minuto, vamos por aceitunas. 

Todos tus nombres

No quiero ser su niña bonita, tampoco el ave de un nido incompleto. No pido hogar. No quiero viernes predecibles ni sábados compartidos. Prefiero un miércoles a las tres. Un jueves a las siete. Después de almuerzo y antes del desayuno. Quiero irrumpir en su vida como una ola. También quiero quedarme con los pedacitos de piel que muda el último domingo del mes. Recorrer con una esponja ese cuerpo de hombre que también se transforma. Quiero salir de mi oscuridad y reír cuando me diga: ¡bruja! Quiero perder mis dedos entre sus manos y mis letras en su voz. Quiero no tener que preguntar dónde estabas y no creer que es feliz porque me encontró. Quiero que sea feliz -desde antes- Yo lo estaba buscando. Noche tras noche lo llamé. Con un diccionario de nombres, pronuncié todos aquellos que podían parecerse a él. De la A a la Z... por ratos me quedé en la M por Miguel... (¡Tan lindo!) y me vi forzada a continuar, entonces lo encontré en Simón, en William y también en Andrés. Me figuré encuentros diversos. En la fila de un banco. En la caja del supermercado. En la estación de gasolina, en la silla continua del avión y por supuesto, en mi restaurante favorito. Pero fue en el cine donde creí verlo. Iba solo. Igual que yo. Tenía un tarro de crispetas proporcional a su tamaño y una gaseosa agrandada. Entró a la misma película. Dos sillas más atrás. Entonces recité: Miguel, Simón, William, Andrés... en esas llegó una chica, subió sola y se sentó a su lado. Hola Andrés. Se parecía a él, tenía uno de sus nombres pero, no estaba solo después de todo.  

lunes, 16 de diciembre de 2013

Oscuro sabor

Apropiarse de un rostro no siempre es tarea sencilla. En noches como hoy uno se pregunta qué hay debajo de tanta oscuridad, qué ocurre tras bambalinas, dónde está el cuello, los brazos, el tronco. ¿Es negra la tristeza? ¿Tiene color la nostalgia? ¿Estamos en una frecuencia fantasmagórica? ¿O soy yo, la oscura? No quiero mirarme a los ojos. No quiero reconocer su historia. La boca del lobo abrió sus fauces de nuevo y sólo puedo anunciarle una indigestión. No podrá comerme. Tengo suficiente sal en el cuerpo como para envenenar su metabolismo. Que busque otra soledad por devorar. Estoy cómoda con la mía. Ya no tropiezo de noche con los zapatos y puedo ir sin encender la luz hasta la cocina para sentarme luego en la sala con un poco de leche. Puedo sentir aquel nombre en los poros desvelados y no desfallecer de deseo. He sobrevivido a su indiferencia, a su distancia, a su desamor. Tengo ahora que aprender a sobrevivir a su nombre en los umbrales del sueño para no despertar más con su sabor en mi lengua.Eso, precisamente eso, es lo que me molesta. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Cuando la ciudad no duerme


No puede ocultar su asombro, sus decididas ganas de contar, el murmullo de voces haciendo fila tras sus dientes como usuarios de una sucursal bancaria, la oscuridad... ese pedazo de noche que le roba la mitad del rostro mientras lo demás invoca una sonrisa cómplice. Ha estado ausente, es cierto. Estuvo amando la cornisa por un tiempo, asomándose sin indiferencia a un vacío poblado de semáforos, vendedores ambulantes y pirámides de baldosín. Y de luces navideñas también. De pronto las festividades se le vinieron encima sin moño, sin una pareja con quién cantar villancicos y recitar novenas. De pronto, sintió el horror de no tener una lista de aguinaldos por regalar, cero familiares del otro lado con quien batir una natilla o fritar una docena de buñuelos. Ningún niño recitando sus anhelos para Navidad. Ningún otro niño a quién revelarle que el ñino Dios son papá y mamá. La cornisa. El aire cargado de fritanga y comparsas. Los globos a lo lejos esperando un descuido para subir al cielo. Cinco o seis borrachos recostados contra algún poste. Una mujer en tacones tomando un bus con aires de malabarismo. No entiende cómo es que otra vez se encendió diciembre y sin embargo... prefiere regresar a ese lado de la alcoba que está frío, ese lado que ignora que escribió una carta, que su ciudad no duerme, que su anhelo no es consumible y que sí, viene envasado en ti.