domingo, 3 de noviembre de 2013

Orgullo

Sin prejuicios, adoro como suena la palabra orgullo en la lengua de un argentino. Se infla, se oye bonito, rima con yo, no niega el amor propio, lo estimula, reconcilia con la imagen del espejo. Me gustan los argentinos desde que supe que mi primer novio había nacido en Córdoba. Tengo los mejores recuerdos de la empanada, el mate, la tortilla. También la mejor sensación de abrazo. Y que conste que no he ido tan al sur. Buenos Aires es también un barrio de mi ciudad y aquí se escucha tango por doquier. Medellín, tumba de Gardel, cuna del baile libre. Y mientras una mano en la cintura y dos piernas se atraviesan algo me dice que vaya despacio, que el afán no es consejero, que disfrute del compás y... su recuerdo. Regreso entonces a los verdes ojos que me hablaban de amor, a la ingenua la boca que lo proponía eterno. ¿Cuánto ha pasado desde entonces? Tiempo. Y sin embargo, aun lo veo en el acento de otros que hablan como él. Y el orgullo es el mío que no ha sabido buscarlo para decirle: contigo habría sido... el orgullo he sido yo que no supe ser lo que debía cuando era el momento. Y sí, lo he perdido para siempre en otros ojos que no tuvieron que esforzarse para amarlo. Y este orgullo tonto no suena bonito y es más inútil porque de nada sirve reconocerlo. Te seguiré viendo en el acento.  

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