lunes, 7 de octubre de 2013

Un pato como preámbulo

Víctor despertó esta mañana con ganas de un pato de verdad. Lo supe al instante que llegó hasta mi cama con su pato de tela entre los dientes, meneando la cola como si no se tratara de un lunes corriente. Lo imaginé con el cuello de un pato y vi al pobre animal chapalear intentando zafarse. Me dio pena por ambos así que subí el perro a la cama con todo y juguete. Lo vi instalarse en la cabecera e intentar deshuesar lo improbable. Luego se bajó de un salto y trajo consigo, la carnaza. Lloró y lloró para que lo subiera de nuevo a la cama pero me hice la dormida y lo escuché ruñir ese huesito blanco que honestamente, no sé de qué está hecho. No pude fingir mucho tiempo mi ausencia de la vigilia. Me volteé para espiarlo y preciso, me estaba mirando. Algo en él me decía que ya era tarde, que mis rutinas se habían visto en apuros y que ya el tinto de las siete estaba frío y aburrido sobre el escritorio. Me provocó bajarme de la cama como él, de un salto, pero no quise poner a prueba mis años. Con los dedos de los pies, busqué las pantuflas que ya también había mordido y me metí al baño sin más preámbulos. Cuando salí, seguía allí, ya sin el pato, sin la carnaza y sin mis zapatos. Su rostro era de puro contento, porque la hora del paseo había llegado.

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