martes, 8 de octubre de 2013

No hablo sola, hablo contigo

Pensaría atacarte con dos palabras, con una en realidad, algo que te haga perder el centro y el foco. Te pediría por ejemplo... no, déjame pensar, no podemos comenzar siendo tan obvias. Necesitamos del rodeo, de la pura imaginación, de la suposición por supuesto. Desde mi poltrona puedo pensar en ti sin aspavientos. Puedo decir que son las tres y no hay forma de verte llegar a las cuatro. Puedo revelar también que eres mi copiloto fantasma desde que te subiste a mi auto y dejaste una huella de barro. ¿Puedes creer que me he resistido al lavado? Un mes con tu tenue presencia por tan ligero descuido me ha servido para conversaciones de tráfico. Y hemos conversado tanto tu huella y yo... que se me ha olvidado llamarte cuando ha sido del caso. He descubierto que no hablo tanto sola como creía, hablo contigo. En mi mente repaso líneas que gozarían con ser vistas por tus ojos; en mi mente no deshago el abrazo, sigo empinada y colgada a ti. Y no, los pies no se quejan; es delicioso empinarse para alcanzarte. Entonces, para qué atacarte con palabras cuando es mejor amarte con ellas, decirte por ejemplo que seré coqueta una vez más, que olvidaré el recato y jugaré a ser mujer un rato. No seré fatale pero me declaro tuya. ¿Te basta que te quiera por unas horas?  (¿Dónde leí eso de querer por horas?)

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