miércoles, 23 de octubre de 2013

El semáforo

Amor por simpatía o por deseo, amor por ambos. Lo primero que conocí en ti, fue la sonrisa. Me llegó mucho antes que tu voz, mucho antes que tus ojos tras los lentes, antes de la noche, justo al atardecer. Entre autos nos sonreímos mientras la luz seguía en rojo y ambos nos preguntábamos quién diablos era el otro. Por suerte cerca había un Mall y aunque no tenía nada que hacer allí, estacioné mi auto con la certeza de que lo verías. Y lo viste. Te vi entrar e ignorarme en una estrategia tardía porque ya tenías todo mi interés. Recuerdo que pensé: ¡Ay no, es de esos! Te juzgué vanidoso y estuve a punto de regresar y abandonar tu sonrisa en un cajero electrónico. Entré a la farmacia y pedí algodón. No se me ocurrió nada menos original. Y mientras cancelaba, tu presencia se hizo tangible junto a mí. Creo que no nos conocemos, pero es como si te hubiera visto por años. Tu voz me perturbo de la mejor manera posible. Casi no levanto los ojos del mostrador para darme cuenta de ti. Todo en mí latía y mil por hora es una mera suposición. Mucho gusto, me llamo Andrea. El silencio incómodo por poco destruye la burbuja de nuestra presentación. ¿Puedo invitarte a un café? Y me invitaste a una vida. Ahora, cada vez que paso por la diez con la inferior, sé que estoy atravesando de nuevo, nuestra primera cita. 

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