lunes, 28 de octubre de 2013

El fin del mundo

Todos los días son el fin del mundo para miles de personas. Cientos de decenas de ojos se cierran por última vez. Algunos víctimas de un cáncer, otros producto de una enfermedad coronaria, muchos por consecuencia de la vejez y también cientos en manos de la violencia. Todos fallecemos un poco todos los días. Muchos nos vamos a dormir con miedo al mañana. Muchos tomamos el bus de las cinco y no sabemos a qué horas tomaremos el bus de regreso. Muchos estamos confinados en nuestras casas, comemos lo mismo, los cinco días de la semana (con variaciones el fin de semana, también las mismas), renegamos por las mismas cosas, por el internet que se cae, por el teléfono que nadie contesta, por las cuentas que no se cansan de aparecer en coloridos sobres debajo de la puerta. Y en medio de todo está la propaganda por lo que debíamos hacer pero no hacemos, ejemplo: el reciclaje correcto, la adecuada disposición de las baterías gastadas, el manejo de plásticos... no, no fuimos educados para el consumo, fuimos educados para consumir. ¿Qué sería de la humanidad si controlara una sola palabra: deseo? El imperio capitalista tendría un rival inteligente. Ya sería el sistema quien temería no estar en nuestras decisiones y nuestra mente estaría habilitada para no caer en propagandas baratas ni imitaciones del paraíso. Lo siento si estoy existencial. Tengo pesadillas con el caos. Y es hacia el caos hacia donde nos dirigimos. La brújula en mi espalda tiene una búsqueda superior a mi entendimiento. No pensamos en las generaciones futuras y no somos conscientes de que quizás no estemos dejando nada para ellos. La tierra, Gaia, ha sido muy benevolente con nuestras imprudencias y ya no sabemos cuánto más resistirá. Cualquier día dirá no más y escupirá fuego y llamará al tornado y causará estragos con el mar. Cualquier día tú no podrás leerme ni yo escribirte porque no habrá redes y quizás tengamos que volver a comenzar. 

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