martes, 17 de septiembre de 2013

Un figurín tras Miguel Méndez

El hombrecillo de madera al fondo, junto al libro de Grafitis parece saber algo que yo no. Parece bailar o estar listo para una pasarela de moda, parece conversar también con los miembros de la foto del fondo, cansados de estar sentados y sonrientes en un ayer feliz que no tenía manera de sospechar la nostalgia presente. El hombrecillo me grita algo pero su tono de voz es inaudible a esta distancia. Tengo que acercarme para comprender que necesita una escalera y tiene un encargo. Le he dicho que no puede moverse de ahí porque fue un regalo, que no me pertenece y que su dueño a veces pinta figurines con su movilidad. ¿A veces? La última fue hace año y medio. Lo siento. ¿Qué puedo hacer? Es un permiso no más: dos horas para un encargo. No soy empleadora de nadie así que me siento extraña en esta posición. Es mi estudio y si el dueño lo dejo ahí fue por algo. ¿No estaría espiando o sí? Quizás tiene una cita o puede ser más banal, quiere afeitarse una espinita y dar madera de cuerpo de un estreñimiento verdaderamente prolongado. La última imagen me impresiona, así que accedo como si el permiso fuera de hada madrina y el hada, como decirlo sin vanidad, yo. Lo alcanzo y hago las veces de escalera y me pide que no mire cuando lo pongo parado en el piso. No puedo evitar reírme. No sé si se marcha ofendido. Regreso a mi puesto de cuartel y para cuando quiero continuar narrando una historia veo que el árbol que acababa de digitar no está. Pulso control z para rehacer y que va… no está. Entonces releo mi escrito y allí donde citaba al poeta Miguel Méndez en su cosecha de pájaros: veo el poema desnudo de follaje y de ella. ¿Quién no ha tallado el amor? Dos horas… ¿pero si no le di reloj? Habrá de preguntarle a una niña, más vale que no porque terminará vestido con atuendos de Barbie y seguro le improvisarán una peluca. ¿Pero quién dijo que era mujer? Siempre fue un hombrecillo sin atributos tangibles. ¿Será eso lo que fue a buscar, un implante? Las conjeturas me tienen exhausta, no sé ser hada de nadie. Atardece. Miro la puerta con la ilusión de verlo entrar. Faltan menos de diez minutos para las dos horas, lo único que me falta es que me resulte impuntual. No puedo poner un denuncio ni hacer un retrato hablado. Ah… ya llega. Pero qué pasa, marcha con la cabeza gacha. No me pide una escalera. Trepa con agilidad peldaño a peldaño y hace la misma pose en el ángulo exacto de flexión. ¿Pero qué pasó? Me removieron el apéndice. Bromea. Un muñeco de madera asexuado con dolor abdominal. Luce triste, entonces siento necesidad de volver a mi texto y de nuevo Miguel no recuerda si el árbol daba frutos o daba sombra… pero ella si se fugó en la primera cosecha que dio pájaros. No le pregunto más pero no puedo evitar tomar una foto-retrovisor. Ahora la tentación es hablar. ¿Podré leerle en voz alta? 

No hay comentarios: