lunes, 16 de septiembre de 2013

Síndrome de abstinencia



La primera garrafa de recuerdos se quedó en la alcoba. De la ducha al clóset, del clóset a una organización rápida: tendido de cama, ubicación de cojines, zapatos a su lugar. Tu espacio me tentó para sentarme en él pero no le hice caso y cerré la puerta tras de mí. Desayuné sin ganas cereal con leche y no tuve ánimos de sacar al perro. Recorrí la casa en busca de vasos y encontré uno tuyo, de quién sabe que día. También por poco me detengo a conversar con él, pero lo envié al lavatrastos con los demás. Tu ropa seguía aquí. Intenté empacarla en una caja pero el contacto con las prendas me trajo hasta aquí: a la sala donde tres libros tuyos observan mi desconsuelo. ¡Qué grande luce el mismo espacio! ¡Qué vacío has dejado al partir! Las paredes demandan mi intervención: necesito mover lo que era habitual para ambos. Adiós carnaval. Adiós pareja en siesta. Arriba el buda y dos cuadros egipcios que tenía guardados. Te estoy desterritorializando de mí. En un mes ya tendré una piel nueva y con suerte la vieja se habrá llevado mis apegos de ti. Pero un mes es mucho tiempo. La garrafa de la sala contiene las conversaciones del final del día, el murmullo de quehaceres y proyectos, la fantasía, ese soñar que no va más. La taza de café ya no tiene acompañante, te has llevado el bolsillo y el endulzante. Toca entonces tomarlo así, amargo, sin artificialidades de ningún tipo, sin simulacros de dulzura. Evito entonces mirar la silla del comedor que te servía por oficina. Y al cerrar los ojos es el cuerpo quien se llora, los músculos de mis piernas parecen liberar toxinas por el dolor que me produce caminar. Quisiera acostarme pero sé que es la peor opción. Vengo entonces aquí a intercambiar mi síndrome por palabras y con suerte algún lector también atraviesa alguna abstinencia y no sólo me dice que ya somos dos sino que me regala un confitico de palabras para que el lunes seamos sobrios y no nos duela el desamor.  

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