lunes, 30 de septiembre de 2013

Una coleta de fuerza

Todo está ahí, reunido en una coleta. Ella lo sabe, por eso va por cortes cada vez más insignificantes de mes en mes. "Las puntas por favor" -le dice a la estilista y confía en que las puntas no sean 3 tres dedos porque eso equivale a una trasquilada. Y es que la fuerza está en el pelo; no es que sea Sansón ni mucho menos pero los años le han servido para descubrir que cada vez que osa de pelona... su percepción de fuerza disminuye. Es mejor tener una coleta que acariciar, cabello para coser una trenza, mechas para agarrar si se trata de una pelea y melena para escurrir los dedos y aparentar una coquetería inocente.Una coleta de fuerza que alguien más decida mirar y tomar y deshacer y demostrar con ello, que tan débil se es cuando te toman con ternura por la superficie del lomo. Es entonces cuando se deshace la coleta y aflora una mujer nueva. ¿Quién dijo que tenías que ser fuerte? Sé mujer, sé niña, sé amiga, sé compañera, sé amante y para ponerte de nuevo en tu sitio, está bien, arma tu coleta.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Compás de lunares

Le aprendí la luz a tu sonrisa. Una hora más en cama dejó de convertirse en un desperdicio para ser lúdica. En la mesa de dibujo, los compases, celosos, me sugieren una maqueta que apenas voy a comenzar y me pregunto sino terminaré añadiéndole algo tuyo con todo lo que has dejado en esta piel que está por arruinarme incluso el baño. ¿Te espero? Tardaré. ¿El desayuno? No me digas, no tenía idea de que cocinabas. Ah, para mí cocinas. Es fácil, sal y mantequilla. Un ingrediente por cada lunar. Lo que faltaba, te estás burlando de mis pecas. Burlarme ¡jamás! las adoro, dale, súbete la camisa otra vez. Están de mordisco. De mordisco vas a estar tú ya que me prometiste desayuno me dio hambre y no sabes cómo se me pone el genio... Ya, ya voy. Espera te doy una palmada de luz. ¿Una palmada de luz? Sí, no vayas a voltearte. Está bien. Click. ¿Pero qué hiciste? Dime si no te ves divina como fondo de pantalla de mi celular. Dónde le muestres eso a alguien... sí, sí, vas a matarme, ¿con qué, con los compases?

Fotografía: Daniel Efe Restrepo 

Summertime sadness

Summertime sadness suena en su mente. Alguien se lanza al vacío y también es ella. Alguien sostiene a un San Bernardo y le dan ganas de acariciar a su perro. Alguien llora en un auto e innumerables veces, ha sido ella. Podríamos decir que es Lana del Rey o que es Lana interpretando a Lana, o Lana interpretando a alguien más. Sea como sea, ahora es ella quien se desdobla en el salón en un movimiento rápido, imperceptible. Algo en ella, sin embargo es consciente del desdoblamiento porque en un gesto se lleva la mano a la mandíbula, pretendiendo quizá sostener el peso de las últimas ideas. Es sábado y para cualquier otro la tarde sería una invitación a salir, para ella, en cambio, constituye el deleite de quedarse dentro, de hurgar en los recovecos del sentir, de extraer la última polución, de leer una y otra vez esa frase que describe al deseo mejor que el deseo mismo. ¿De cuándo acá tan corpórea? ¿De cuándo acá tan dermis? Podría decir que a partir de un año, un mes, una fecha o mejor aún, de un nombre. Sí, de alguien que le enseñó a desear deseándola para partir luego a las quimeras, a lo platónico, al deseo de lo imposible que inevitablemente conlleva una tristeza veraniega que se alimenta a sí misma con el dolor de la distancia y lo absurdo de la ilusión. Ya, ya, así duela, déjalo pasar como tantas otras veces y ve por ese helado de las cinco que te prometiste desde las cuatro.


jueves, 26 de septiembre de 2013

No le cabe una nube a esta tarde

La lluvia arruinó mis planes. Me acuarteló. Lo que iba a ser una tarde de investigación, se convirtió en una de imaginación, contigo en mente. Tres horas más frente al computador y quizás haya chance de vernos pero llenos de ropa: chaqueta, bufanda, pantalones, botas. Qué poca oportunidad de ver y más aún de rozar tu piel. Tendré que conformarme con tu barba, con mi mano inventando una excusa para pasar por ahí con el frío como pretexto para decir que mis ropas no bastan que me estoy congelando cuando no es cierto. Es ganas de ti y de tu contacto lo que me trastorna. Alucino con tu mandíbula abierta, con tu boca queriendo morder mis labios, con tu mano debajo de la mesa sobre mi pierna. Sí, alucino. Y no le cabe una nube a esta tarde. Entonces necesito que te conviertas en nube y te precipites, para que llegues sin tocar el timbre y la ventana entreabierta te deje pasar. Sé nube para mí esta tarde. Sé nube para que me baste mirarte para entender que no tiene dimensión mi deseo. Sé nube para recordarme que no puedo retenerte, que estás aquí para acompañarme pero te esfumaras tan pronto salga el sol y la luz te robe a otras esferas. Sé nube y déjame soplarte. Déjame jugar a ser el viento que te impulsa. Nubes es todo lo que hay y tú eres todo lo que me ocupa. Entonces por suerte, no le cabe una nube a esta tarde: estoy llena de ti. 

lunes, 23 de septiembre de 2013

Simulacro de muerte

Pronto, levántate, inventa algo que hacer. No digas que no te provoca escribir. Puede ser cierto pero no puedes darte por vencida, no ahora. Cambia la música, Jazmin Levi no te ayudará. Un poco de Cold Play... tal vez, me gusta más esa: sí Lana del Rey Burning Desire... you used to drive fast remember? No hagas demasiados cambios tan pronto. Asimílate. Sí, duele. Nadie te dijo que no dolería. Try to drive fast. No te detengas a pensar demasiado. Está hecho. Vamos por un masaje o mejor aún, a la piscina. Cambiemos de estado, vamos por uno acuoso, o trotemos, ¿podemos trotar? No nos conformemos con recordar la sensación del viento sobre el rostro. Hay que ser espada, volver a sentirlo. ¿Álvaro Mutis? Sí, los escritores también mueren cualquier día. ¿Ilona? No, ella no, ella vive cada vez que alguien la descubre y muere cada vez que tiene que volver a morir. ¿Nos gusta eso cierto? Cada vida debería venir al menos con un simulacro de muerte. Un simulacro para espiar al que fue tu mundo, sin ti. Poder leer los obituarios -si llegan existir- poder estar ahí cuando se discuta el epitafio. Reír si no saben qué decir o sentir desconsuelo si repiten uno común de esos que recomiendan las compañías funerarias. Un simulacro de muerte que no tuviera forma de distinguirse de la verdadera, porque no habría chiste y todos se comportarían casi de manera predecible. ¿Y dolería? No tenemos como saberlo. Mientras no sea cierto que el muerto despierta a las 36 horas... porque de qué serviría un simulacro si estamos dormidos. No alcanzaríamos ni a soñar los sucesos. Despertaríamos a la vida o a la doble muerte y hay sí, querríamos levantarnos e inventar algo que hacer con un cuerpo que ya, simplemente, no nos pertenece. Por eso niña, arriba y ánimo. Ya hemos muerto el amor sin simulacro y aunque no hay punto de encuentro posterior, esta la asombrosa llegada al Uno. Llega a ti y después hablamos. 

jueves, 19 de septiembre de 2013

Hechizo

Un cañamazo, cuatro velas: una blanca, una azul, una roja y una morada, tres fósforos; dos ovillos de lana: uno rojo, uno azul; una aguja de cabeza grande, una docena de botones de cualquier color; esencia de vainilla, seis varas de canela. Sin fotografías... por favor. No hacemos hechizos de amor y tampoco tenemos antídotos para el desamor. Ofrecemos clases de costura para hilar con palabras fragmentos de la huidiza emoción. Instrucción: encender una vela por cada fósforo; la cuarta encenderla con la vela encendida inmediatamente anterior. Pasar la aguja por el fuego de la vela roja y ensartarla la lana del mismo color. Soplar hasta que enfríe. Si es necesario sumergirla en un vaso con agua y hielo. En punto de cruz, escribir en el cañamazo la palabra deseada: salud, bienestar... -en letra cursiva, por supuesto- ¿Dónde se consigue el cañamazo? Este no es momento para esa pregunta. Si no tiene cañamazo, tome una toalla facial blanca. Continuemos. Realice el nudo en la última letra y corte. Libere la lana roja y busque la azul. Dibuje tres nubes (pasado, presente y futuro) después de haber repetido el procedimiento de pasar la aguja por el fuego azul. Es muy importante que cada vez que cambie de color caliente la aguja en la vela correspondiente. Su costura ahora tiene su deseo surcado por tres nubes. No piense en lluvia porque eso nos obligaría a rellenar una nube de gris. (¿Quiere gris en su anhelo?) Demasiado tarde, deberá insertar los botones. Por cada duda, un botón. Es cierto lo que piensa... sin embargo no olvide que me pidió un hechizo y eso es lo que estoy suministrándole. Agradezca que mi trabajo es con palabras y no le he pedido un corazón. Para qué un músculo en permanente movimiento cuando a veces, lo mejor del deseo está en su inercia... Ahora bien, en cada nube, escriba algo, no sea tímido, aprenda a pedir. Si es pasión o deseo vale, si es humor, también, sea creativo. Nadie sino usted sabe lo que necesita. ¿Soledad? No me diga. ¿Pretende usted que lo dejen tranquilo? Como dije, estamos fabricando hechizos no cumpliendo pedidos a domicilio. Más bien vamos a la parte dulce, tome la canela, póngala al baño María, échele diez gotas de vainilla y procure mojar el cañamazo con la infusión resultante. Luego póngala a secar y duerma... al día siguiente, tome el cañamazo y construya con él el frente del cojín. ¿Lo encontró feo o desagradable? Me alegra. Los hechizos... son así. 

martes, 17 de septiembre de 2013

Un figurín tras Miguel Méndez

El hombrecillo de madera al fondo, junto al libro de Grafitis parece saber algo que yo no. Parece bailar o estar listo para una pasarela de moda, parece conversar también con los miembros de la foto del fondo, cansados de estar sentados y sonrientes en un ayer feliz que no tenía manera de sospechar la nostalgia presente. El hombrecillo me grita algo pero su tono de voz es inaudible a esta distancia. Tengo que acercarme para comprender que necesita una escalera y tiene un encargo. Le he dicho que no puede moverse de ahí porque fue un regalo, que no me pertenece y que su dueño a veces pinta figurines con su movilidad. ¿A veces? La última fue hace año y medio. Lo siento. ¿Qué puedo hacer? Es un permiso no más: dos horas para un encargo. No soy empleadora de nadie así que me siento extraña en esta posición. Es mi estudio y si el dueño lo dejo ahí fue por algo. ¿No estaría espiando o sí? Quizás tiene una cita o puede ser más banal, quiere afeitarse una espinita y dar madera de cuerpo de un estreñimiento verdaderamente prolongado. La última imagen me impresiona, así que accedo como si el permiso fuera de hada madrina y el hada, como decirlo sin vanidad, yo. Lo alcanzo y hago las veces de escalera y me pide que no mire cuando lo pongo parado en el piso. No puedo evitar reírme. No sé si se marcha ofendido. Regreso a mi puesto de cuartel y para cuando quiero continuar narrando una historia veo que el árbol que acababa de digitar no está. Pulso control z para rehacer y que va… no está. Entonces releo mi escrito y allí donde citaba al poeta Miguel Méndez en su cosecha de pájaros: veo el poema desnudo de follaje y de ella. ¿Quién no ha tallado el amor? Dos horas… ¿pero si no le di reloj? Habrá de preguntarle a una niña, más vale que no porque terminará vestido con atuendos de Barbie y seguro le improvisarán una peluca. ¿Pero quién dijo que era mujer? Siempre fue un hombrecillo sin atributos tangibles. ¿Será eso lo que fue a buscar, un implante? Las conjeturas me tienen exhausta, no sé ser hada de nadie. Atardece. Miro la puerta con la ilusión de verlo entrar. Faltan menos de diez minutos para las dos horas, lo único que me falta es que me resulte impuntual. No puedo poner un denuncio ni hacer un retrato hablado. Ah… ya llega. Pero qué pasa, marcha con la cabeza gacha. No me pide una escalera. Trepa con agilidad peldaño a peldaño y hace la misma pose en el ángulo exacto de flexión. ¿Pero qué pasó? Me removieron el apéndice. Bromea. Un muñeco de madera asexuado con dolor abdominal. Luce triste, entonces siento necesidad de volver a mi texto y de nuevo Miguel no recuerda si el árbol daba frutos o daba sombra… pero ella si se fugó en la primera cosecha que dio pájaros. No le pregunto más pero no puedo evitar tomar una foto-retrovisor. Ahora la tentación es hablar. ¿Podré leerle en voz alta? 

lunes, 16 de septiembre de 2013

Síndrome de abstinencia



La primera garrafa de recuerdos se quedó en la alcoba. De la ducha al clóset, del clóset a una organización rápida: tendido de cama, ubicación de cojines, zapatos a su lugar. Tu espacio me tentó para sentarme en él pero no le hice caso y cerré la puerta tras de mí. Desayuné sin ganas cereal con leche y no tuve ánimos de sacar al perro. Recorrí la casa en busca de vasos y encontré uno tuyo, de quién sabe que día. También por poco me detengo a conversar con él, pero lo envié al lavatrastos con los demás. Tu ropa seguía aquí. Intenté empacarla en una caja pero el contacto con las prendas me trajo hasta aquí: a la sala donde tres libros tuyos observan mi desconsuelo. ¡Qué grande luce el mismo espacio! ¡Qué vacío has dejado al partir! Las paredes demandan mi intervención: necesito mover lo que era habitual para ambos. Adiós carnaval. Adiós pareja en siesta. Arriba el buda y dos cuadros egipcios que tenía guardados. Te estoy desterritorializando de mí. En un mes ya tendré una piel nueva y con suerte la vieja se habrá llevado mis apegos de ti. Pero un mes es mucho tiempo. La garrafa de la sala contiene las conversaciones del final del día, el murmullo de quehaceres y proyectos, la fantasía, ese soñar que no va más. La taza de café ya no tiene acompañante, te has llevado el bolsillo y el endulzante. Toca entonces tomarlo así, amargo, sin artificialidades de ningún tipo, sin simulacros de dulzura. Evito entonces mirar la silla del comedor que te servía por oficina. Y al cerrar los ojos es el cuerpo quien se llora, los músculos de mis piernas parecen liberar toxinas por el dolor que me produce caminar. Quisiera acostarme pero sé que es la peor opción. Vengo entonces aquí a intercambiar mi síndrome por palabras y con suerte algún lector también atraviesa alguna abstinencia y no sólo me dice que ya somos dos sino que me regala un confitico de palabras para que el lunes seamos sobrios y no nos duela el desamor.  

domingo, 1 de septiembre de 2013

Tregua

Me complace una tarde a tu lado. Cambiar rutinas por caricias, alejarme del escritorio por un jolgorio de besos. Me gusta la risita nerviosa, el sudor en las manos, el sentir que no tengo control alguno. Disfruto quebrarme ante ti, ser rama de bambú, recibir tu viento. Anhelo convertirme en música, hacerme vocal;  darle de comer a las yemas de mis dedos. Pretendo inventarte un cielo: poner una sucursal de la aurora boreal con un conjunto de nubes verdes. Quizás hasta sople una flor o la vuelva una media luna al no arrancar todos sus pétalos; no hace falta llegar al final, al me quiere. ¿Y si no me quieres? Lo que importa es querer niña, lo que importa es querer. Y mientras llego al último pétalo que he decidido arrancar, levanto mi mirada hacia a ti y antes de que los besos comiencen otra vez, siento que necesito pedirte una tregua. No sólo es piel esto que te disfruta, es ojos, y nariz y boca también. Y no sabe qué hará sin ti. No sabe cómo regresará a la poltrona, al escritorio, a la rutina. Porque ahora que se mira las yemas de los dedos sabe que tiene gula de ti.