domingo, 4 de agosto de 2013

Escrito en la memoria de mi tiempo

Sin más espacio que un pensamiento cruzado, sin suéteres de casimir ni camisetas de un equipo de fútbol, estás inscrito en la memoria de mi tiempo. En el separador del libro que estudio, tu rostro es todo lo que veo. Cuando intento enfocarme en la historia... tus ojos me salen al paso. Pienso que pasando la hoja se irán pero son omnipresentes, se ponen justo en el renglón que miro. Están en la carátula, en la contraportada, en los números de página. El libro está maldito. Lo llevo hasta la cama y lo guardo debajo de la almohada. Me acuesto boca arriba y pienso en lo que deben pesarte mis ideas. Entonces apago la luz y la tentación de tus ojos pone a mis manos inquietas. No puedo tocar tus ojos, eso te haría llorar. Pero si tus ojos me están tocando... entonces paso con el índice por la portada y tus ojos me muerden. Sí, los ojos también muerden. Parecen no estar conformes con el peso y la oscuridad. ¿Qué hacer? La mesa de noche es una opción aburrida. ¿El cajón? También es oscuro y además desordenado. No te imagino en un lugar sin orden. Rápido tomo el libro y lo meto al cajón. Le doy la espalda a tus ojos y ahora escucho que tus ojos tocan. Sí, tocan. Un golpeteo desde el cajón me hace saber que no estás muy a gusto. Prendo la luz. Te saco y vuelvo a abrir el libro en el separador. Decido hablarte. ¿Por qué no? No me dejas leer y tampoco dormir. ¿Qué quieres? No puedo opinar sobre el libro si no me permites terminarlo. Deja de ser un autor ansioso. No debieron fotografiarte en el separador, ves lo que ocurre...

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