lunes, 19 de agosto de 2013

De cintas a aves

En el sueño de alguien aparece su rostro callado. Una imagen instantánea que la memoria decide recordar en blanco y negro como sucede en los sueños; un daguerrotipo del sentimiento, el reflejo de un deseo. Su boca entreabierta parece próxima a soltar un secreto pero no es así;  de ella comienzan a salir cintas de colores como las que usan los magos para descrestar a los niños. Roja, verde, amarilla, rosada, café, azul, naranja... ¿Cómo puede? La tirilla se extiende y su rostro no hace el más mínimo gesto de incomodidad; por el contrario, le causa gracia regalarle color a una noche tan fría. Ese alguien despierta sobresaltado y mira a su mujer dormir profundamente. No fuma; se le antoja algo helado. Va hasta la cocina y toma la jarra con jugo de maracuyá -su favorito- extrae dos vasos de una de las alacenas y se enoja por continuar dormido; regresa uno a su lugar. Mientras se toma el jugo mira a la terraza y algo llama su atención: cintas anudadas son golpeadas una y otra vez por el agua de la tormenta. Como un niño abre la puerta y se moja para entrarlas. 7 delicados nudos se deshacen en sus manos. Exhausto, regresa a la cama y al dormir vuelve a soñarla: de su boca no salen cintas sino aves, el sueño se ha convertido en pesadilla, incómodo comienza a moverse y a mascullar palabras ininteligibles. Su mujer despierta y lo sacude. Y ve como irracionalmente se mete bajo las cobijas. ¿Qué ocurre? -le pregunta. Cómo decirle que teme que las aves se les hagan encima? Una pesadilla mujer, una pesadilla. 

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