lunes, 26 de agosto de 2013

Foucault, no pudo haberlo dicho mejor

Soy todo ojos desde esta oscuridad que no te ve. Soy todo oídos y todo olfato y todo gusto también. A mi cuerpo le gusta Focault cuando dice que hacemos el amor porque en el amor el cuerpo está aquí. Bajo los dedos del otro que os recorren, todas las partes invisibles de vuestro cuerpo se ponen a existir. Contra los labios del otro, los vuestros se vuelven sensibles. Delante de sus ojos semicerrados, vuestro rostro adquiere una certidumbre. Hay una mirada, al fin, para ver vuestros párpados cerrados. Existimos en tanto somos amados. Y qué decir ya de mí, de mi vacío, de mi incertidumbre -también aquí- amándote. ¿Eres acaso sólo utopía o hay en tu ilusión la posible idea de una realidad compartida? Mientras no me sucedas eres quimera. Mientras no suceda en ti, estoy incompleta. Tengo las manos aburridas de bordar palabras y los ojos saltones por la última foto que publicaste en twitter. Soy mala seguidora, sin embargo conozco en detalle tu humor público de las pasadas horas: sentí por ejemplo, tu hastío de las ocho treinta, tu enojo por la discusión con el jefe a la cuatro y diez, y tus ganas de una cerveza justo antes de las seis. Varias veces estuve tentada a escribirte por el interno y decirte que estaba disponible, que te invitaba a la cerveza, que también salía a las seis. ¡Qué va! Me dejaron redactando una noticia de último minuto y para cuando miré el reloj, tus trinos provenían del Lleras. Qué lejos mi cuerpo de tu cobardona mirada, qué lejos mi cuerpo de tu parche sin piel. Un momento: una llamada, tu voz, un saludo etílico, dos silencios. Pasas por mí. Por fin la probabilidad de ser piel en tu piel, ojos en tus párpados, esternón en tu pecho, pubis en tu ingle. Debo terminar, dos o tres notas más y estaré lista. Mi cuerpo estará donde nos desnude la noche. 

domingo, 25 de agosto de 2013

Gris_es


¿Me ves a color? ¿En realidad puedes verme después de tu todo? ¿Qué haces, tienes con quién hablar? El cenicero de la sala extraña tu cigarrillo; la poltrona, tu peso; y yo, tu cuerpo. Hoy he repasado los últimos momentos en cuidados intensivos, el breve tiempo que te tomó decidir desde una cama común; el rosadito de tu piel que se iba perdiendo en una conquista de coloración amarillenta mientras mis dedos se aferraban al último contacto con tu pelo. Las lágrimas de entonces no se parecen a las de ahora. Pero al menos puedo llorar. ¿Me ves llorar? No me regañes. Año y medio sin ti, quién lo creyera. Te tengo congelado en las horas felices, en los diálogos profundos, en la sonrisa coqueta. Tus visitas siempre eran cortas y con la misma duración vienes y ocupas mi nostalgia, los domingos... El farolito aún sigue encendido y me preguntas si estoy escribiendo. Te cuento la trama de mi próxima historia y me haces un par de observaciones que atiendo con cuidado. Te asomas a mis lecturas y me preguntas qué tal están. Maravillosas papá. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Interferencia

Escapémonos cerca de aquí, no hay necesidad de ir lejos. Dime que puedo pasar por ti. No me preguntes adónde vamos. Vamos. Déjame conducir bajo la influencia del capricho y terminar en un lote abandonado. Sí, a la vista de todos y de nadie. Préstame tu boca, regálame tu olor, pásame las manos. No me mires tan fijo que me asustas. No he dejado de ser yo, ¿recuerdas? Dime otra vez cómo y cuándo fue que nos conocimos porque yo tengo la cuenta de tres primeras veces diferentes. Allá tú, aquí yo; allá ambos, Allá yo, tú... sí, no importa. Acércate más. Tengo la piel de gallina. No, no hagas eso, no aún. Apenas estoy reconociendo tu lengua. Sí, mi lengua, me gusta cuando dices que es mía. Otra vez. Desarma mi cuerpo como si se tratara de un lego. Pero no te quedes con ninguna pieza, mira que después sin ti, no sabré cómo recuperarme. Sin ti... no me gusta como suena eso. Calla mi boca. No me dejes pensar. Di mi nombre otra vez. En ti suena tan rico... espera, me falta el aliento, no puedo creerlo, ¿estamos juntos? Todas las coordenadas de mi vida nos pintaban en mapas con puntos cardinales opuestos. ¿Te gusto? Siempre creí que no. Tú me fascinas. Pero que digo, mis besos te lo dicen todo. ¿Por qué continuas de ese lado del auto? Voy o nos pasamos para atrás. Atrás. Buena elección. No cabremos. Ay que necia. Deja de pensar. Sí amor aquí estoy. ¿Le dije amor? ...de repente te da por volver a sentir... y hubo alguien que se encargó de darme todo cada tarde, que se moría por llenarme de detalles y palabras amables, y hubo alguien... no he tenido sexo con salsa de fondo, será que cambio la emisora, por qué no la apagué. Pausa, estás con el hombre de tus sueños y estás pensando en la salsa de fondo. Besa delicioso. Pero no voy a poder. Pero sí fui yo la de la idea. No puedo dejarlo así, sería un crimen. Debí tomarme un guaro. Golpeame. ¿Qué? No me concentro, necesito dejar de pensar. ¿Puedes enseñarme a sentir?

lunes, 19 de agosto de 2013

De cintas a aves

En el sueño de alguien aparece su rostro callado. Una imagen instantánea que la memoria decide recordar en blanco y negro como sucede en los sueños; un daguerrotipo del sentimiento, el reflejo de un deseo. Su boca entreabierta parece próxima a soltar un secreto pero no es así;  de ella comienzan a salir cintas de colores como las que usan los magos para descrestar a los niños. Roja, verde, amarilla, rosada, café, azul, naranja... ¿Cómo puede? La tirilla se extiende y su rostro no hace el más mínimo gesto de incomodidad; por el contrario, le causa gracia regalarle color a una noche tan fría. Ese alguien despierta sobresaltado y mira a su mujer dormir profundamente. No fuma; se le antoja algo helado. Va hasta la cocina y toma la jarra con jugo de maracuyá -su favorito- extrae dos vasos de una de las alacenas y se enoja por continuar dormido; regresa uno a su lugar. Mientras se toma el jugo mira a la terraza y algo llama su atención: cintas anudadas son golpeadas una y otra vez por el agua de la tormenta. Como un niño abre la puerta y se moja para entrarlas. 7 delicados nudos se deshacen en sus manos. Exhausto, regresa a la cama y al dormir vuelve a soñarla: de su boca no salen cintas sino aves, el sueño se ha convertido en pesadilla, incómodo comienza a moverse y a mascullar palabras ininteligibles. Su mujer despierta y lo sacude. Y ve como irracionalmente se mete bajo las cobijas. ¿Qué ocurre? -le pregunta. Cómo decirle que teme que las aves se les hagan encima? Una pesadilla mujer, una pesadilla. 

Tiza


Al tablero por favor. Dibuje algo relacionado con la lectura de ayer. ¿Cualquier cosa? No, no cualquier cosa. Algo que nos remita a la lectura. Ah, ya sé. ¿Tiza? (...) ¿Y eso que es? El personaje por supuesto. Su silueta. No veo nada. Le falta imaginación. ¿Cómo se atreve? Otra osadía de esas y lo envío directo a la oficina del director. Cuéntenos más bien del personaje que ilustró, ¿qué hace? Divaga. ¿Divaga? Sí. Sabe que es de noche pero se siente de día, piensa en él. ¿Y qué piensa? Que lo amó demasiado tarde y muy pronto aún, en su vida. Lamento contradecirlo, no veo amor en su boceto. ¿Alguien ve amor? Una mano de mujer, se levanta tímidamente y una voz apenas perceptible afirma: yo lo veo. ¿Esta segura señorita... Villegas? Sí, estoy segura. Ilústrenos si es tan amable. El cuerpo está ligeramente recostado hacia atrás, con la cabeza inclinada hacia la derecha sin un hombro que la sostenga. Casi parece que hubiera estado llorando. ¡Qué imaginación! Ambos, ya, a la oficina del director. ¿Con qué cargos? Complot. Ve usted muchas series dramáticas profesora Agudelo. 

lunes, 12 de agosto de 2013

Búscate un amor


 
Búscate un amor que te haga olvidarte de ti misma. Búscate un amor que prenda la luz de día (para ir al baño) y se sienta a gusto con la oscuridad. Verás como es de mágico su abrazo en la noche. Un amor que no sea el amor, que no tenga la responsabilidad del Todo, que sea tu cómplice, tu llave, tu confidente, que puedas verlo en cualquier sitio a cualquier hora, sin necesidad de inventar excusas o tener coartadas.  Búscate un amor que te mire a los ojos, no uno pendiente de su teléfono. Búscate uno que juegue con tus nudillos, y te provoque llevando tu índice a su boca. Búscalo. No digas que no existe. Mucho menos que no lo mereces. Escríbele, escríbele mucho; a mano, en un cuaderno cosido para que no tengas la tentación de arrancar hojas. Cuéntale de ti. Atrévete a compartir tus sueños. Sé más osada aún: cuéntale tus miedos; dile lo que piensas de la vejez y la muerte. Arréglate para conocerlo. Puede estar en el metro, en el cine, en el teatro, o simplemente en la misma esquina donde piensas tomar el taxi. ¿Y sí no aparece? Habrás amado. Todo el tiempo en su búsqueda te habrás olvidado de ti, lo habrás logrado. 

miércoles, 7 de agosto de 2013

Vogue sin estaciones

Está buscando el editorial, las imágenes de Kate Burton; la modelo de la portada. Una belleza que no termina de comprender porque no sabe si será estacionaria como las prendas que exhibe. Sí, se vio el Diablo viste a la moda, cómo olvidar a Emily, perdón, a Andrea: ella quería escribir de verdad y aceptó ese empleo por necesidad. Entonces su vestuario cambió, sus prioridades cambiaron, se convirtió no en lo que era sino en lo que otros decían que era. Se olvidó de sí misma... un momento por favor. Intentar demeritar otros mundos es hablar mal del propio. Hay que aprender, hay que intentar comprender. Pero cómo, la moda en ella no es algo innato. Siempre tuvo el uniforme más largo que el promedio, las medias más altas, los zapatos, como lo digo sin que duela, los zapatos eran ortopédicos. No existe moda en la medicina. Ahora la espalda le exige llevar una faja -también ortopédica- y ríe cínicamente de pensar que es lo más parecido a un corset...Rubias, invasión de rubias es lo que lee. No es cierto. Perfumes tienen como imagen a Katie Holmes o Natalie Portman. Un pensamiento cruza veloz: la moda es para la alegría, ¿quién confecciona para la tristeza? Nos vestimos para ser vistos, para compartir, cuando no... da lo mismo lo que se lleve puesto. Y qué tan comunes se vuelve el negro y el gris... parecieran significar todo lo que el alma lleva adentro, amargura. Sin embargo la depresión favorece al anti-consumismo. ¡Qué ironía! Lo mejor será cerrar la moda por un rato, además... aquí no hay verano propiamente hablando. 

martes, 6 de agosto de 2013

Spinoza en su cama


Y entonces corazón, ¿qué hiciste hoy? Sólo estudiar, no me digas. Debes estar aburrídisma, verás como te quito ese aburrimiento. ¿Cómo que no quieres? ¿No hoy? ¿Eso qué significa, que mañana tal vez? A ver, ¿qué estás estudiando? Spinoza. No me vas a decir que este deseo mio por ti es una causa inadecuada... ¿cómo que tal vez? te estás llenando de cucarachas el cerebro. Permíteme ilustrarte: la naturaleza es siempre la misma, en todas partes. Mi naturaleza es amarte. ¿Cómo que esto no es amor? Voluntad, apetito, deseo. Sí, me gusta cuando dices apetito, préstame ese cuello. ¡Qué me ponga serio...! La alegría que tú me generabas se está tornando en algo muy feo corazón. No quiero mencionarlo y tampoco debí sugerirlo. Vamos sé tú otra vez, despréndete los textos... Y no me mires así, no vas a fusilarme y lo sabes. Eres demasiado dulce para un pensamiento inapropiado. ¿Lo eres? No me digas que te descubriste en otras facetas, ja, eso es. Te entiendo corazón. Ves mi índice, ¿dime que no quieres cosquillitas? Apetito... vamos, deja los textos, olvida las citas, desnúdate de ti y acuéstate otra vez conmigo. 

Magia

Sucede cuando sopla una flor de pensamiento. Pide deseos tan pequeños, tan factibles, que siempre se realizan. Pide verte a las diez o tomar juntos el desayuno a las siete. Vive al día. No aloja preocupaciones en la almohada ni se come las uñas, de hecho, las mantiene arregladas y azules. Alrededor de su cuello tiene un accesorio con reliquias budistas y junto al reloj, en la mano derecha, lleva una manilla de cuero con palabras inscritas: peace, love, compassion, grow, together... Escucha a Carla Morrison y a Pablo Alborán y tiene una cartuchera de osos para sus plumas. No es infantil, a veces por el contrario, le duele haber perdido la inocencia. Hoy necesita un favor grande y recorre el jardín persiguiendo la flor más generosa. Le pide perdón antes de arrancarla y mentalmente piensa lo que necesita. Cierra los ojos y sopla tan fuerte como puede. La flor decidió no volar. Todos sus pistilos siguen en pie. No puede ser. Vuelve a soplar, esta vez con un ojo entreabierto y... ocurre lo mismo, nada que se desprenden los pistilos. ¿Será el aire? Ni sabe qué está pensando. Lleva la flor adentro y resuelve ponerla en un solitario. Su tallo es frágil pero soporta ser centro de mesa. ¿Y la magia? Entonces llegas, cuelgas el saco en el perchero, reniegas por el día en el trabajo y olvidas darle su acostumbrado abrazo. El problema no se resolvió. He perdido el toque. Entonces te prepara la comida y se sienta junto a ti y frente al televisor a ver cómo el programa que dice gustarte, lo que te da, es somnolencia. Está embarazada y hoy tampoco fue el día para contarte. 

domingo, 4 de agosto de 2013

Escrito en la memoria de mi tiempo

Sin más espacio que un pensamiento cruzado, sin suéteres de casimir ni camisetas de un equipo de fútbol, estás inscrito en la memoria de mi tiempo. En el separador del libro que estudio, tu rostro es todo lo que veo. Cuando intento enfocarme en la historia... tus ojos me salen al paso. Pienso que pasando la hoja se irán pero son omnipresentes, se ponen justo en el renglón que miro. Están en la carátula, en la contraportada, en los números de página. El libro está maldito. Lo llevo hasta la cama y lo guardo debajo de la almohada. Me acuesto boca arriba y pienso en lo que deben pesarte mis ideas. Entonces apago la luz y la tentación de tus ojos pone a mis manos inquietas. No puedo tocar tus ojos, eso te haría llorar. Pero si tus ojos me están tocando... entonces paso con el índice por la portada y tus ojos me muerden. Sí, los ojos también muerden. Parecen no estar conformes con el peso y la oscuridad. ¿Qué hacer? La mesa de noche es una opción aburrida. ¿El cajón? También es oscuro y además desordenado. No te imagino en un lugar sin orden. Rápido tomo el libro y lo meto al cajón. Le doy la espalda a tus ojos y ahora escucho que tus ojos tocan. Sí, tocan. Un golpeteo desde el cajón me hace saber que no estás muy a gusto. Prendo la luz. Te saco y vuelvo a abrir el libro en el separador. Decido hablarte. ¿Por qué no? No me dejas leer y tampoco dormir. ¿Qué quieres? No puedo opinar sobre el libro si no me permites terminarlo. Deja de ser un autor ansioso. No debieron fotografiarte en el separador, ves lo que ocurre...