viernes, 19 de julio de 2013

Se me agota el amor

Se me agota el amor cada vez que intento describirlo. Se destila, se camufla, me perfora. Se me agota el amor en palpitaciones del recuerdo. Entre sístole y diástole corren nombres que empiezan por d, f, j, l, v y c. No hay vocales. No sé cómo se ama a un Andrés o a un Estebán. Y es que el nombre también lo es todo, tanto, que los juanes se parecen... me pregunto entonces porque no se me han dado las vocales y si tiene algún sentido esto que propongo más allá de un delirio venusino, efecto secundario de una inyección para un dolor lumbar. Perdone el lector este atrevimiento de pretender filtrar el amor sin siquiera mencionar la luna pero hace rato que no le dedico tiempo a la contemplación satelital. Prefiero hurgar en mis pasados que fueron presente y que me dieron tanto cuando estaba desprevenida. Es allí donde encuentro semillas de fríjol en algodones flotantes convertidas en guisantes hacia un cielo afectuoso con lluvias de algodón. Meses o años de relaciones complejas ayudaron a cerrar el 8 que soy. ¿Un ocho? Sí. Dos ceros, un infinito dándoselas de muy recto, un cuatro por dos. Un corazón con más ventrículo que aurícula -por lo que mencioné de las vocales- que sigue enamorándose de letras consonantes y adorables. La falla está en que también soy consonante y hace rato que miro a una que seguro, está buscando su vocal. Y como Claudia no es Andrea me hará agotar el amor en sonrisas y alimentará mi aurícula porque no hay nada como la amistad. 

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