martes, 16 de julio de 2013

Para qué prisa en la arena


¿Para qué prisa en la arena cuando soy rauda en el mar? Bien valen dos millones de brazadas para que mis patas hagan lo suyo y pueda desovar. ¿Cuántos serán ésta vez, cuántos?  Pequeños rostros que me cruzo al regresar con la duda de si serán míos o de alguien más. Tan bellos todos en sus caparazoncitos aún frágiles, de tiernos colores, frente a insospechados peligros. Mamá no les habló del tiburón... no, no hizo tal daño, al desovar les contó de la luna, de las constelaciones a seguir, de las migraciones y de esta función bella que es venir a cavar la esperanza de una especie que tildan de "en peligro". La arena les suministra el calor que mi pesado vientre no podría. Y así, una a una van emergiendo para reconocerse en los rostros de sus hermanas... todas tan iguales... todas tan distintas. Rápido, antes de que los pies de un humano se crucen... corren a la orilla, a ese primer contacto con el mar, al reventar de unas olas como primer obstáculo, y a sumergirse hasta el borde de la diversión. El hambre está latente pero ya el instinto les dirá que comer y cuándo, también cuándo hay peligro y hay que buscar un arrecife amigo.  Ya oirán por boca de otros peces del tiburón. No le teman. Alisten sus mejores brazadas y como última medida confíen en la fuerza del caparazón: con tanto bocado tierno, ¿porque habría de ser un enemigo el tiburón? Esta cicatriz... sí, fue de uno joven. Uno que también tuvo su encuentro con otro depredador. Le marcaron la aleta y no volvió a ser el mismo. Si alguna vez las atrapan... recuerden el murmullo de la primera ola, el primer obstáculo, la primera frustración. Si llegan a las manos de un niño... como algunas cuentan que otras han llegado... aprendan a amar ese espacio. La soledad las hará añorar el mar y con un poco de fe, el niño  o sus padres comprenderán su pesar. No se desanimen y recuerden... de unas cuantas depende que esta historia entre brazadas, vuelva a empezar.  

No hay comentarios: