jueves, 11 de julio de 2013

1600 gramos

Mil seiscientos gramos de ropa, sobran. A pesar del frío, es desnuda como quiere estar. Tumbarse en la cama con los ojos hacia el techo. Intentar mirar un punto fijo. Recordar las manos para enseñarles que todo su cuerpo también es su sitio. No pensar en nadie. Un exceso de mente entre su cuerpo y ella lo echaría todo a perder. Volver al punto fijo. Abrir y cerrar los ojos en cámara lenta. Notar la respiración, llevarla hasta el vientre... pero primero hay que deshacerse de la bufanda, tres vueltas de tela alrededor de un cuello promedio asfixian el ejercicio que propone: 50 calorías que ha de quemar, sola. No digo que sea la mejor manera pero es la que está disponible por hoy. Levanta las manos, primero la cabeza, se deshace del suéter y sus aburridas rayas. Desabrocha el jean. Simultáneamente se quita un zapato, luego con el otro desnudo, empuja el que resta. Descienden los pantalones y ya casi... ya casi se mete a la cama. El teléfono, ¡no!, a ésta hora fijo es su mamá, más vale que conteste porque no desistirá...  aló, sí mamá, ahora no, te llamo luego quieres... ¿En qué estaba? ah, sí, en los 1600 gramos de ropa que ya no están. Le quedan doscientos gramos de interiores y con ellos puestos también puede jugar. Una barca... no puede ser. Quedó en que no iba a pensar. ¿Qué hace una barca en este lugar?...

¿Y sin tripulación? 
¿Cuántos ojos miran cuando el placer se jacta de ser solitario? 
¿Dónde están?

Si supiéramos quién nos mira cuando creemos que estamos solos... seriamos otros. 
Tan pronto llegue la barca, no subiríamos a ella y dejaríamos a la tripulación... ¡viendo un chispero!

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