domingo, 30 de junio de 2013

Venecia


Preparo una exposición sobre Venecia, sin canales ni góndola. Con Brodsky diciendo que los únicos órganos crudos son los ojos y que la ciudad es una ciudad para ser vista. Una invitación a la vanidad. Entonces la Mona, mi hermana está en la Plaza de San Marcos y juega a alimentar las palomas. Es el año 2000 e Italia aún no me ha sacado el demonio que llevo dentro. Vemos soplar vidrio y una botella estalla por exceso de aire. Salimos por uno de los puentes y al lado de un almacen de corbatas encontramos nuestro sueño: una papelería de las antiguas. Encontramos sellos de cera y ambas tenemos las mismas iniciales: CR. Cada una sale con su compra, ella con cera roja, la mía es verde. Durante años sellé pocas cartas con ese sistema. En el 2010 perdí el sello el mismo mes que adquirí uno más corpóreo y duradero. Pero no quiero regresar aún. Quiero volver a Venecia. Fuimos en verano entonces no tengo como constatar que es cierto que huele a alga congelada en invierno. Aquel verano fue bello. No hubo hedores y la ciudad nos brindó un lindo cielo despejado. Treinta grados de temperatura para buscar el puente de los suspiros y no pensar en condenados. Trece años sin visitar Venecia...  y Brodsky con Marca de Agua me regala postales para otros recuerdos. ¿Hotel? No nos hospedamos en la ciudad. Fue cerca. Tomamos el vaporetto. Aquellas edificaciones de frente al mar parecían mentira. Los Palazzos, los bares, todo era como soñado. Sin embargo uno se preguntaba que diría un veneciano de esa afluencia diaria de turistas. Comercio sí, pero qué plaga. Los hedores los llevábamos nosotros, la marca de tierra estaba en nuestros zapatos. 

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