lunes, 3 de junio de 2013

Tráfico

La tarde, es anarquista. Nadie entra. Nadie sale. La lluvia atasca vehículos en la transversal inferior. Voy sola. La música se vuelve prescindible. El señor de adelante se saca un moco y lo arroja como pegote en la ventanilla mientras me pregunto si lo creerá fertilizante para alguna cosa. De la señora de atrás, no distingo más que sus lentes; es claro que sin ellos no conduciría ni el carro de mercado. Nadie avanza. Todos queremos culpar a alguien y sólo la tarde es responsable. Busco mi celular en el bolso y protesto al darme cuenta que pronto me quedaré sin batería. ¿Me esperará? Lo llamo y entra a buzón. "Sí, soy yo, voy retrazada, tenme paciencia. Besos." Me pregunto como se escucha mi voz en la última palabra: Beso. Y reconozco que soy torpe para los comienzos. La señora de atrás me pita con algo de vehemencia y con mis manos le hago gestos para que intente pasar por encima. Ignoro quién se inventó ese gesto pero es claro que toda la ciudad lo conoce y no deja de ser pasivo-agresivo. Decido poner el freno de mano y creo que interrumpo la extensión de pesebre que debemos ser a esta hora todos los autos con el rojo de los frenos encendidos. Tengo un poco de cocacola vieja y caliente en el separador de bebidas, en un arrebato la abro y me la bebo toda. Comprendo porque dicen que sabe a remedio. Espero que sea remedio para la ansiedad que me produce esta absurda espera. Por fin, un poco de movimiento me hace quitar "la emergencia" para devolverle la actividad a mi pie derecho. Acelero con tranquilidad hasta que un sujeto corpulento y mal hablado quiere abrirse paso en mi carril porque se mueve más, justo en el espacio entre el señor del moco y yo. No me dejo. Tengo afán. Todos lo tenemos. El tipo vocifera unas palabras incomprensibles y decido ser inculta al devolverle con la mano la señal escolar prohibida. No le dirijo más miradas y me concentro en no dejar el más mínimo centímetro sugerente entre el carro de adelante y yo. Me asombra mi falta de cultura. Me pregunto dónde la aprendí. La señora de atrás debe estar pensando que me saqué el pase en un paquete de cheetos y no está lejos de la realidad. Aunque el paquete venía con el curso de la academia vial a la que asistí. Comienza a llover y los parabrisas amenazan con salir volando. Un árbol cae dos autos más adelante y ahora soy yo quien necesita cambiar de carril. El señor del moco y yo pensamos lo mismo: nos salvamos por un pelo. En realidad él por uno yo por dos. Pongo la direccional pero el señor corpulento quiere desquitarse ahora. No adelanta sino lo mínimo para no dejarme pasar. Suena el celular. Eres tú. No alcanzo ni a contestar. Me quedo sin batería. Maldigo el viernes. La boca me quema. No tengo chicle. Las emisoras están en huelga o un rayo hizo que perdiéramos la sintonía. Estoy sola y no me soporto. A unos metros está un mall con un café. Pongo las intermitentes. Me bajo del carro con el bolso. Lo cierro con el control remoto y empiezo a caminar frenéticamente hasta el lugar. Paso junto al árbol. Veo a todos los conductores discutir. El carro es de mi marido... así que entro a la pastelería, pido un expresso doble, un brownie y me siento a esperar que escampe. La pastelería si tiene emisora y en un break, dan un informe del tráfico. Dicen que un carro abandonado a la altura de la inferior entre Los Balsos y el Campestre, ha hecho añicos en la zona. Sugieren utilizar una vía alterna. 


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