domingo, 30 de junio de 2013

Complicidad

Seré todo lo que pidas. Pediré todo lo que eres. Si procuras esconderte abriré todas las claraboyas de tu mente y hurgaré despacio en los recovecos de tu imaginación. Seré tu musa. No me conformaré con menos. Puedo obviar tu cuerpo. No lo quiero.  No necesito apegos. Dame esos ojos. Muéstrame impaciencia en esas manos. Pídeme algo. ¿Qué buscas? Un personaje. ¿Cómo lo quieres? Dos piscas de arrojo, tres dientes con corona, cabello largo, se come las uñas. Lista. ¿Morirá? Todos mueren tarde o temprano. Algunos más tarde que temprano. Ella lo hará temprano... si así lo has dispuesto: comprendo. ¿No te encariñas con ellos, con los personajes? ¿No te sucede que de repente te sorprendes llorando por la última escena que escribiste y que no podía ser de otra manera? Claro. ¡Qué alivio!; pensé que era la única. Casi podría decirse que asistimos al funeral de quienes creamos, los demás quedan atrapados en un drama de control: en las mismas doscientas y pico de cuartillas -cuando no es menos- en el mismo orden de caracteres, en la misma secuencia con instantes de felicidad. ¿Qué te has hecho? Te has escondido. Shhh... está dormido. También necesita dormir para crear. Soy todo lo que pide. Pido todo lo que es y esta visión de él, lejos de la vigilia, es todo lo que necesito para crear mi personaje: cuatro gramos de dulzura, cien miligramos de fuerza, una pisca de ternura, gran dosis de inteligencia y... vivirá. Sí, vivirá. Largos años vivirá. 
   

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