domingo, 30 de junio de 2013

Domingo

Domingo, ven, abrázame, dime que tienes las mismas 24 horas de los demás. Dime que no tienes ni un minuto más aunque yo te atribuya eternidades sutiles. Dime que son impresiones mías; que la tarde transcurre igual, que es falso que duermo más; que no es cierto que temo. Dime. Háblame día como me susurra la noche. Deja de inspirarme para que haga lo que te place. Atardece, ya te vas. ¿Por qué todo lo tuyo me recuerda a él? Por qué no puedo transcurrir sin pensarlo; sin añorar mis tardes en su casa. Sus ojos verdes con permiso para eludir el baño me persiguen en el recuerdo. ¡Lo quiero tanto! Se habrá ido el cuerpo pero lo demás camina hasta en mi teclado. 

Venecia


Preparo una exposición sobre Venecia, sin canales ni góndola. Con Brodsky diciendo que los únicos órganos crudos son los ojos y que la ciudad es una ciudad para ser vista. Una invitación a la vanidad. Entonces la Mona, mi hermana está en la Plaza de San Marcos y juega a alimentar las palomas. Es el año 2000 e Italia aún no me ha sacado el demonio que llevo dentro. Vemos soplar vidrio y una botella estalla por exceso de aire. Salimos por uno de los puentes y al lado de un almacen de corbatas encontramos nuestro sueño: una papelería de las antiguas. Encontramos sellos de cera y ambas tenemos las mismas iniciales: CR. Cada una sale con su compra, ella con cera roja, la mía es verde. Durante años sellé pocas cartas con ese sistema. En el 2010 perdí el sello el mismo mes que adquirí uno más corpóreo y duradero. Pero no quiero regresar aún. Quiero volver a Venecia. Fuimos en verano entonces no tengo como constatar que es cierto que huele a alga congelada en invierno. Aquel verano fue bello. No hubo hedores y la ciudad nos brindó un lindo cielo despejado. Treinta grados de temperatura para buscar el puente de los suspiros y no pensar en condenados. Trece años sin visitar Venecia...  y Brodsky con Marca de Agua me regala postales para otros recuerdos. ¿Hotel? No nos hospedamos en la ciudad. Fue cerca. Tomamos el vaporetto. Aquellas edificaciones de frente al mar parecían mentira. Los Palazzos, los bares, todo era como soñado. Sin embargo uno se preguntaba que diría un veneciano de esa afluencia diaria de turistas. Comercio sí, pero qué plaga. Los hedores los llevábamos nosotros, la marca de tierra estaba en nuestros zapatos. 

Complicidad

Seré todo lo que pidas. Pediré todo lo que eres. Si procuras esconderte abriré todas las claraboyas de tu mente y hurgaré despacio en los recovecos de tu imaginación. Seré tu musa. No me conformaré con menos. Puedo obviar tu cuerpo. No lo quiero.  No necesito apegos. Dame esos ojos. Muéstrame impaciencia en esas manos. Pídeme algo. ¿Qué buscas? Un personaje. ¿Cómo lo quieres? Dos piscas de arrojo, tres dientes con corona, cabello largo, se come las uñas. Lista. ¿Morirá? Todos mueren tarde o temprano. Algunos más tarde que temprano. Ella lo hará temprano... si así lo has dispuesto: comprendo. ¿No te encariñas con ellos, con los personajes? ¿No te sucede que de repente te sorprendes llorando por la última escena que escribiste y que no podía ser de otra manera? Claro. ¡Qué alivio!; pensé que era la única. Casi podría decirse que asistimos al funeral de quienes creamos, los demás quedan atrapados en un drama de control: en las mismas doscientas y pico de cuartillas -cuando no es menos- en el mismo orden de caracteres, en la misma secuencia con instantes de felicidad. ¿Qué te has hecho? Te has escondido. Shhh... está dormido. También necesita dormir para crear. Soy todo lo que pide. Pido todo lo que es y esta visión de él, lejos de la vigilia, es todo lo que necesito para crear mi personaje: cuatro gramos de dulzura, cien miligramos de fuerza, una pisca de ternura, gran dosis de inteligencia y... vivirá. Sí, vivirá. Largos años vivirá. 
   

viernes, 28 de junio de 2013

Bajo tus lentes

¿En realidad estás ahí? Sólo veo el contorno de tus ojos, nunca la dirección de los mismos. Ellos y tú parecen tener un pacto para incursiones urbanas. Y soy toda la urbe que queda a esta hora que la luz cambia. En un impulso quiero arrancártelos pero tal violencia me está prohibida. Si supieras cuánto amo tus ojos... Lo peor es que ahora, incluso de noche, los llevas a todas partes. "Es que tienen fórmula"
-dices con ironía. Y no falta el maravilloso imprudente que te achaca una cirugía ocular o algo más. Es que seamos sinceros: es algo pernicioso eso de usar lentes a toda hora. Uno se pregunta qué ocultas. Tu dulzura desmiente cualquier intento de mirada criminal. Sos otras cosas. Tu crimen favorito está en la moda; en los zoolanders y las modelos wannabe. Bajo tus lentes sin embargo, soy de otro color. Magenta. Y mi piel se pregunta si te gusta más así. Si en realidad haces avatars con lo que otros proyectan de sí mismos o si la cerveza Club siempre es roja aunque te digan que no hay y te la sirvan dorada. Uno se pregunta... como es el tacto de tus ojos y sí es tan evidente como el flash de tu cámara. 

martes, 25 de junio de 2013

Wiliam Rouge

Los viñedos susurran tu nombre. Las uvas se afanan en ser vino para llegar a ti; les han dicho que un poeta se bebe sus raíces y con palabras las protege de la vendimia. Les han dicho... que gustas más del tinto y el rosé; que escribes durante la madrugada y que estás preparando un libro con abono suramericano sin nitrógeno, porque tus manos son hijas del volcán. He tenido que darles la razón, no he osado mentirles, les he dicho de tu voz en magras caricias, de tu olfato agudo para decantar la fermentación. Me han preguntado cuándo pueden verte y les he dicho que los lunes en Lunamoré. Es así como las importaciones de vino se han incrementado sin un mayor consumo aparente y  un camión diferente, se parquea todas las tardes para inundar con botellas el bar. A duras penas hay por dónde caminar. Miriam ya no sabe qué hacer con remisiones que vienen con sellos finísimos o en pedidos de cajas de cartón.  De dónde el origen del vino, no lo ordenó. Y mientras tratan de abrirle paso a la gente entre las botellas, llega la noche y se descubre el telón, oídos y corchos filtran tu voz. Hablas de Neruda y los chilenos no caben en sus botellas. Citas a Borges y los argentinos brindan con puros ches. Entonces haces un paréntesis y regalas un verso propio:

"Ver
es olvidar lo que tocamos
mejor inventar lo visto
Danzar la locura no vista
en la página donde nadie nos lee

Quedar ciegos
Encender el vacío lo más blanco más rojo"


Y lo próximo que veo es un altercado donde los vinos blancos quieren salir y los rojos revientan en carcajadas. Ambos discuten por quién preparará ese verso. Quién ira a casa con tu paladar. ¡Con lo que mancha el tinto! y los manteles, las faldas, las blusas, todo está impregnado de tu color. No has levantado los ojos, no has visto el caos consecuente, sigues regalándote a una noche ebria de retratarte: 

"Su cuerpo
ciudad viñedo
balsa centelleante
casería del ojo
casa de naufragios

Su cuerpo está hecho de ojos
enjambre de miradas
flota de navíos
jardín de navajas

En ella me galopan ojos no vistos
cardumen de sabores por verse

Todo su cuerpo es mirada
osamenta que es follaje 
música tiznada de soles
rojo y ronco cuerpo
donde vine a hervir mis viajes a destiempo
racimos de voz y carne
cocción de adioses

Torbellino de latinos por verme un día 
por primera vez
sin más ojo que el corazón"


-"Me mencionó a mí" -dice una cepa 2008
-"No, se refería a mí" -contesta molesta una 2006
-Para qué se afanan, yo soy jardín de navajas.

-¿Qué ocurre aquí?
-Un botín de bayas. 
-¿Motivo?
-Es el poeta del vino, del amor...
-...¿Cómo? Puede usted firmar mi etiqueta.


No es un reality

Es claro. Está por comerse las uñas y no está frente al televisor. Tiene abierto un libro por la mitad y aunque parece que le salieron monstruos fueron dos hermanos los encargados de nublar su  juicio. Ana le recuerda a alguien pero no ha podido saber a quién. Doña Valentina, la madre, se parece a su abuela y Miguel... tiene un toque de este actor... ¿cómo es que se llama? Amar a un hermano, ¿puede haber una peor tragedia? sí, pasar una vida sin permitirse el amor. 

lunes, 24 de junio de 2013

Colapso vial

¿Ahora qué pasó? Este bus no avanza. Donde llegue otra vez tarde me despiden. Justo hoy que me levanté temprano. Y todavía estoy lejos. Faltan como ocho cuadras. No soy la única molesta. Ya hay personas junto al conductor reclamándole como si fuera su culpa. Y para rematar este calor bochornoso. No tarda en llover. Cuando amanece el día bonito, llueve. Ah, parece que hay un choque. Con tal de que se arregle rápido. Que no ha llegado el azul. ¿Dónde se metieron los azules? Desde que pusieron esas benditas cámaras no los volví a ver como antes. Y es que ya la gente como que se acostumbró al pico y placa. Como si uno debiera acostumbrarse a eso en vez de ver desarrollo vial. ¡Qué no hay paso! A mí me va a dar es un infarto. Debería haber una divinidad a quien invocar en estos casos. Colapso, Calipso, lo mismo da... mentiras... siquiera nadie escucha lo que uno piensa. Y ese señor qué... hace rato que mira y mira. ¿Será que no encuentra nada mejor que hacer? Yo mejor me abro paso. Permiso, permiso, gracias, permiso. Y alcanzo a escuchar como reniega el conductor. Después de mí, todos se bajan, nadie se sube. Mierda, hoy estoy con los tacones nuevos. Ocho cuadras y de tacones nuevos. Pero yo que me iba a imaginar. Vieron... ya empezó a tronar. Lo bueno es que traigo mi paraguas. Espero eso sí, llegar antes de necesitar abrirlo. Uy... qué totazo se metieron ese par. La culpa fue de la cheyenne... ¿así es que se llama? Volvió miseria al taxi... Cuatro cuadras. Qué estado físico... siete y cuarenta y ocho, ¿en doce minutos si llego? Corra pues mamita que su vida depende de esto. Llega sudando, extenuada después del colapso y la recibe Juliana: Ay Diana, siquiera llega, el jefe tuvo un accidente. 

domingo, 23 de junio de 2013

Cenicienta improvisada

Un faro en el centro del cuadro comenzó a agitarse como seña para invitarla a subir. El pequeño conglomerado de embarcaciones se acariciaba los cascos mientras los tripulantes hacían apuestas de si iba o no a viajar con ellos. No lo había decidido. No aún. ¿Quién se sube a las dos treinta de la mañana a un barco sin nombre? Ese pedazo de océano puede estar en cualquier parte o en ninguna y sin pasaporte, corre el riesgo de ser un polizón que declaren en el primer puerto visible. ¿Cómo explicaría su presencia en la tripulación? Como ven, su mente estaba llena de conjeturas razonables. Sin embargo su instinto le había dejado por escrito un mensaje: sin esa experiencia, no escribes la novela. Una historia completa dependía de un viaje en la penumbra y ahora que estaba a un paso, dudaba. Metió la mitad del cuerpo y dejó un zapato en la sala... por sí acaso. Los marineros pronto se burlaron de ella y aunque insistió en decir que había sido un accidente, la apodaron Cinderella... acto seguido la enviaron a la cocina convencidos de que sabía preparar mejor comida que su chef actual cuando en realidad no sabía ni pelar una papa. Quería entrevistarse con el capitán pero tenían órdenes de no despertarlo. Verdad que hasta los capitanes duermen... Cuando a las carcajadas las sucedió el silencio, subió a cubierta. Estaba por amanecer. Se asomó al borde del lienzo y pudo ver cómo su esposo la llamaba y una pequeña comitiva afirmaba no haberla visto salir del edificio. Al parecer todos la estaban buscando y el zapato no les decía nada. Intentó salir pero cada vez que empujaba el lienzo, rebotaba. Y volvía a ser de noche y  los hombres estaban despiertos y reían a carcajadas con su cenicienta importada. ¡Estoy escribiendo una novela! -gritaba desesperada. ¡Necesito regresar! A lo que al capitán por fin apareció para dar orden al botín y decir sin ningún escrúpulo: a ésta, es mejor llevarla amordazada. Un último pedido capitán. Diga usted: lápiz y papel. Lo que sea mientras mantenga esa boca cerrada.

viernes, 21 de junio de 2013

Secuencia para dormir sin verte




1. Poner la mente de cualquier color menos verde.
2. Tener mi amuleto de piedras debajo de la almohada.
3. No pensar tu nombre. No pensar tu nombre. No pensar tu nombre. 
¿Existe acaso otro nombre?

...dormir sin verte... como si fuera posible.

jueves, 20 de junio de 2013

Arráncame la vida


Habitada por presencias danzantes su brazo dibuja un cisne allí donde su cabeza se hace lago. El invierno ha congelado sus piernas y espera el toque en la espalda para deshacer la estatua en que se ha convertido. El lente que la observa es su compañero de baile y el ritmo no es ballet. Perdió las zapatillas... por eso al lado -donde no se ven- están los tacones cerrados. Se calza. El ritmo será salsa o tango. ¡Que sea tango! La grabadora -no ipod- suena regia cuando se presiona el botón. Play: "En estas noches de frío... llegan hasta el cuarto mío, las quejas del arrabal..." El mentón mira hacia el piso de madera mientras los pies se deslizan con perfecta simetría. Su mano en la cintura la dirige con precisión. "Arráncame la vida" murmura en medio de unos ochos que se vuelven nueves. Hacerla perder la cuenta le causa gracia y presume su capacidad para desconcentrarla. Ella le clava cariñosamente el tacón en el empeine  y la breve canción se convierte en el intervalo de una lid. "la última vez que lo besé..." "Hace cuánto no la beso" No pueden estar más conectados y más distantes. El vuelo del vestido dibuja una elipse mientras ella insiste en no mirarlo. Al piso, sólo al piso... Se arrancan la vida entre pasos y al final cada uno regresa a su rincón de la Academia. No mirarlo tanto tiempo es como contener la respiración diez minutos bajo el agua. Cede a su tentación para la buena, o mala suerte de encontrar sus ojos esperando su mirada. Ya el beso... tiene una oportunidad.


domingo, 16 de junio de 2013

Beso callejero


Junio 13. Lugar: Bar Guayaquil. Hora: No me acuerdo. Alcohol en la sangre: ninguno (en la mía) mucho (en la de él) Aunque mucho puede resultar una imprecisión. Digamos lo real: tres vasos de whisky -a favor de uno de coca-cola- (el lector sabe de sobra cuánto nos gusta en este blog tomar coca-cola) Motivo de celebración: cumpleaños. Entorno: amigos. Responsable de capturar la foto: Marco Ramírez.


Ahora sí, podemos comenzar por decir que horas antes, cuando desperté, ya te habías ido. Madrugaste a trabajar con todo el equipo en una producción fotográfica. No fui la primera en felicitarte aunque desde la noche anterior te estaba haciendo ojitos de celebración y propuestas... Marqué y dejé mensaje -tocó dejar mensaje- e hice mi día como cualquier otro. Estuve en la U., recibí una asesoría, visité a mi madre y salí a comprar algo para que destaparas al regresar a casa. Hijo por su parte te hizo una tarjeta hermosa, con marcadores de tres colores y un calificativo para su cariño: muchísimo. Te esperamos. Llegaste, repartiste besos y abrazos y al cabo de minutos estuvimos listos para la calle.

El beso fue un intermedio entre el tercero y cuarto whisky cuando el vaso tenía más hielo y agua que licor. La servilleta que cubría el vaso estaba ensopada y por poco tiembla de frío sino es que tus manos la sostienen por segundos. No sé cómo fue que accediste a un retrato "tan mañé"  pero la secuencia que publiqué dos entradas atrás justifica la encerrona a la que fui sometida. Mentiras, me presté... y fui de las que más gocé con el  diálogo "mandado hacer" que Marco le puso a las fotos. Ésta sin embargo, no tiene texto. El que piense durante un beso... entra perdiendo.

miércoles, 12 de junio de 2013

Olinda

Medio oculta, medio escondida...
Un trozo de Calvino me salió como premio en la envoltura de un chocolate con su nombre. ¡Has ganado un premio para visitar la ciudad de Olinda! ¿Dónde queda eso? Ah, Olinda en Brasil... debe ser chévere. Vi sin embargo que el tiquete vencía a la media noche y no quise perder tiempo. Hice mis maletas a toda prisa, pensando en un clima soleado y playas muy cerca. Sin embargo, al llegar al aeropuerto me hicieron pasar a una singular sala de espera. Otros turistas como yo, estaban sentados con sus maletas frente a una mesa que sostenía un costurero y una lupa. Algunos estaban concentrados mirando alfileres y me pregunté qué hacíamos en realidad allí. Algunos lucían como en trance y decidí no tomar ninguna de las bebidas que me ofrecieran. Una azafata sin embargo, muy amablemente me instó a tomar la lupa y me puso un pañito húmedo y caliente para frotar mis manos antes. ¿Qué parodia era esta? No quise contradecir y mucho menos armar un escándalo así que accedí a darle una mirada a uno de los alfileres con cabeza rosa. Los azules me parecían pretensión de sastre adolescente y si algo no me quedaba bien, era una costura. Tomé la lupa y mis ojos se maravillaron ante el viaje ofrecido por Calvino. La ciudad era diminuta pero tenía hasta circo. Recorrí con los ojos todos los callejones, me aprendí el nombre de sus acarameladas calles y hasta seguí a una hermosa mujer trigueña que caminaba entre adoquines sin notar mi mirada. Tuve sed y olvidé la premisa inicial. Me tomé un whisky doble y para cuando desperté estaba esposada en la misma sala. Los demás pasajeros se habían ido y sólo quedaba un reguero de platos rotos que ignoraba de donde había salido. Me adjudicaron el desastre y aunque intenté explicar que me había salido Olinda, entre medio oculta y medio escondida... se burlaron diciendo que Wonka ya no repartía tiquetes dorados y que ningún señor Calvino había descrito circos en sus libros.   

lunes, 10 de junio de 2013

Me llaman Víctor

Me llaman Víctor, soy un pug -perro por supuesto- tengo cuatro años humanos y nací un 23 de diciembre. Soy mal hermano. No me acuerdo de ninguno. Soy mal hijo, nunca visito a mi mamá. Me desteté rápido y soy sincero: no me gusta el cuido. Por fortuna mi madre humana lo sabe y me da siempre algo de lo que come. No importa si es pollo o un pedacito de pera. Todo lo compartimos y como viene de ella, me sabe genial. Tengo dos tías y un hermano medio que me saca a pasear. Claro, presume conmigo frente a sus amigas. Me encanta vivir. Duermo mucho, ronco igual. Me fascinan las visitas y no me pregunten cómo, siempre adivino cuando llega un domicilio. ¡Adoro los domicilios! 
La mejor hora del día sin embargo, es la noche cuando me guardan a dormir. Los minutos antes están cargados de besos y caricias, como si verme al día siguiente fuera lejos, muy lejos...
Creen que no tengo novia pero vivo enamorado de Paulis, ella no sólo me saca a pasear y me da de comer, es mi compañía constante. ¡Y cómo huele su sazón...! Cuando es hora del almuerzo me parqueo al lado de la nevera para verla entrar y salir. De vez en cuando algo también se le resbala y mi estómago es feliz. Ella me puso Alfonso. De modo que mientras otros me llaman Víctor, ella me dice: Victor Alfonso. Y hay que ver que hay muchos victor alfonsos por ahí. El otro día vino un técnico a reparar la lavadora y preguntó casi con pesar: ¿Por qué le pusieron Víctor? Nadie sabe. El nombre lo puso Óscar, el abuelo, años atrás.Dicen que ya no está... sin embargo, aunque hace rato que no viene a darme salchicha yo lo he sentido en las noches arropando a Tomás. 

domingo, 9 de junio de 2013

Pienso en ti

Piensa en mí...¿cuándo no? Mi hondo penar es no escucharte. El bolero me habla de ti, de tus manos acompasando la melodía, del humo del cigarrillo, cómplice de tus recuerdos; dibujando una voluta para nada ambiciosa. A mi hora gris se le antojó hacer un boceto con una imagen del recuerdo. Ahí estás, sí ves, me esperas como solías hacerlo -los fines de semana- en algún murito de calle, vecino del helado que salíamos a comer con Tomás. Tan buen mozo que eras, tan buen amigo también. ¡Cómo te extraño papá! La segunda novela te la dediqué, ¿sabías? No entiendo es porque se nos acortó la vida tan de repente. Creímos que íbamos a salir del cáncer como habíamos salido de otras cosas. Quizás salimos de él después de todo. Ya no necesitamos ni la vida para estar juntos. Para sentarnos en la sala donde el silencio también era nuestro tema de conversación y hay que ver que éramos versados... es así como en la madrugada me siento en el sillón, justo al lado de tu favorito y con la mirada en el vacío, pretendo sentir que estás aquí. Te he contado los pormenores de mis estudios, mis miedos más profundos, mis proyectos e ilusiones. ¿Y sabes qué papá? Creo que te he escuchado. Me sigues dando consejos desde donde quiera que estés. Tu voz sensata es inconfundible. Hice caso de tu último consejo y sabes qué: soy feliz. Sé que estarías avergonzado de saber que te escribo cartas públicas... pero quién me garantiza que así no es más fácil que las leas... Pienso en ti... inevitablemente pienso en ti. Y la vida nos sirve, siempre. 

El plan

Tengo un plan para ambos. Estoy lista. Pero no has escuchado el plan. Dijiste que era para ambos, eso me basta. ¿Estás segura? Claro. No digas luego que por qué no te lo advertí. No lo diré. Conduzco yo. Eres capaz de cerrar los ojos hasta llegar allí. No, no te pongas con cursilerías. De ojos cerrados, ahí sí no salgo. Bueno, vamos. ¿Y así estoy bien o me cambio? No vamos para misa, estás bien. Listo, salgamos. Entonces me da la mano hasta el carro inundado de un optimismo extraño. La tarde es hermosa. Como es domingo tengo el pelo revuelto y no me importa bajar la ventanilla. El viento es... viento. Entonces pronto me doy cuenta que le hemos dado la vuelta a la manzana y que llegamos al Mall donde parquea justo al frente de la droguería. ¿Estará enfermo? No lo noté. Se baja y pienso que va a comprar un helado. Pero antes de ir a ningún lado,  se limita a darle la vuelta al carro justo hasta mi ventana, para preguntarme al oído: cinco números. ¡No puede ser, este imbécil me sacó a comprar el baloto!

lunes, 3 de junio de 2013

A pair of legs


A esta imagen le está haciendo falta tu mano a la altura de la rodilla en una cosquilla insoportable.
 Estoy aburrida de pensarte en abstracciones. 

¿Para dónde es que vamos? A verlo. Ah, sí, a verlo. ¿Y dónde es eso? Abriendo la puerta, cruzando el salón justo ahí, en el comedor. ¿Qué hace? Estudia. ¿No podemos interrumpirlo o sí? Poder sí, deber no. Ya nos vio. ¿Qué cara hizo? Mejor sigamos a la cocina. Sirvámonos algo. ¿Queremos helado? Sí. Vainilla... ya nos vio de nuevo y se antojó. ¿Le compartimos? Cómo no. Nos dio una nalgada y siguió en lo suyo. ¿Una nalgada dices? Sí. ¿Y qué tal? Bueno una nalgada es una nalgada, que preguntas las tuyas. ¿Y ahora que hacemos? Volvemos a sentarnos con la silla en dirección a la ventana. ¿Qué se ve? La muerte de una día más. ¿Y duele? No. La noche es bella. Está nublada pero sigue siendo bella. ¿Y él que hace? Continúa estudiando. ¿Y nosotros? Divagamos en cruz. 


Tráfico

La tarde, es anarquista. Nadie entra. Nadie sale. La lluvia atasca vehículos en la transversal inferior. Voy sola. La música se vuelve prescindible. El señor de adelante se saca un moco y lo arroja como pegote en la ventanilla mientras me pregunto si lo creerá fertilizante para alguna cosa. De la señora de atrás, no distingo más que sus lentes; es claro que sin ellos no conduciría ni el carro de mercado. Nadie avanza. Todos queremos culpar a alguien y sólo la tarde es responsable. Busco mi celular en el bolso y protesto al darme cuenta que pronto me quedaré sin batería. ¿Me esperará? Lo llamo y entra a buzón. "Sí, soy yo, voy retrazada, tenme paciencia. Besos." Me pregunto como se escucha mi voz en la última palabra: Beso. Y reconozco que soy torpe para los comienzos. La señora de atrás me pita con algo de vehemencia y con mis manos le hago gestos para que intente pasar por encima. Ignoro quién se inventó ese gesto pero es claro que toda la ciudad lo conoce y no deja de ser pasivo-agresivo. Decido poner el freno de mano y creo que interrumpo la extensión de pesebre que debemos ser a esta hora todos los autos con el rojo de los frenos encendidos. Tengo un poco de cocacola vieja y caliente en el separador de bebidas, en un arrebato la abro y me la bebo toda. Comprendo porque dicen que sabe a remedio. Espero que sea remedio para la ansiedad que me produce esta absurda espera. Por fin, un poco de movimiento me hace quitar "la emergencia" para devolverle la actividad a mi pie derecho. Acelero con tranquilidad hasta que un sujeto corpulento y mal hablado quiere abrirse paso en mi carril porque se mueve más, justo en el espacio entre el señor del moco y yo. No me dejo. Tengo afán. Todos lo tenemos. El tipo vocifera unas palabras incomprensibles y decido ser inculta al devolverle con la mano la señal escolar prohibida. No le dirijo más miradas y me concentro en no dejar el más mínimo centímetro sugerente entre el carro de adelante y yo. Me asombra mi falta de cultura. Me pregunto dónde la aprendí. La señora de atrás debe estar pensando que me saqué el pase en un paquete de cheetos y no está lejos de la realidad. Aunque el paquete venía con el curso de la academia vial a la que asistí. Comienza a llover y los parabrisas amenazan con salir volando. Un árbol cae dos autos más adelante y ahora soy yo quien necesita cambiar de carril. El señor del moco y yo pensamos lo mismo: nos salvamos por un pelo. En realidad él por uno yo por dos. Pongo la direccional pero el señor corpulento quiere desquitarse ahora. No adelanta sino lo mínimo para no dejarme pasar. Suena el celular. Eres tú. No alcanzo ni a contestar. Me quedo sin batería. Maldigo el viernes. La boca me quema. No tengo chicle. Las emisoras están en huelga o un rayo hizo que perdiéramos la sintonía. Estoy sola y no me soporto. A unos metros está un mall con un café. Pongo las intermitentes. Me bajo del carro con el bolso. Lo cierro con el control remoto y empiezo a caminar frenéticamente hasta el lugar. Paso junto al árbol. Veo a todos los conductores discutir. El carro es de mi marido... así que entro a la pastelería, pido un expresso doble, un brownie y me siento a esperar que escampe. La pastelería si tiene emisora y en un break, dan un informe del tráfico. Dicen que un carro abandonado a la altura de la inferior entre Los Balsos y el Campestre, ha hecho añicos en la zona. Sugieren utilizar una vía alterna.