viernes, 3 de mayo de 2013

Intoxicada de sueños


Deben ser las píldoras: de día toma una azul y de noche una que no es roja pero se le asemeja. Elije entonces estar suspendida, entre la realidad y la matriz. Entre su verdad y un montón de nodos que emiten señales que su sonar capta. Tan pronto se duerme, su oficial a bordo sale en búsqueda de la planilla e intenta ubicar los espacios que las señales sugieren. Una vez ubicados, se pone el traje común: jean y camiseta; con tenis porque son tan aislantes como las botas... y no, no usa lentes oscuros. Se abre paso con sus ojos cafés por noches sin niebla; y así es como visita a los amigos, así es como a veces se encuentra con personas que no ha visto en décadas. La impresión es algo que nunca se repite de sueño en sueño. Pero sí se intoxica cuando sueña de noche y de día, y cuando una escena o  diálogo queda pendiente por una línea.

Nunca ha tenido que usar artes marciales y a Morfeo sólo lo vio en cine y televisión. Ignora cómo luce en realidad su nave. No sigue conejos pero ahora estudia tatuajes... Es así como se despierta y abre el libro de Sandra Martínez Rossi, La piel como superficie simbólica, en un fragmento de Pedro Duque donde explica la dinámica de escarificación para marcar el cuerpo en performances... (p.211). Recuerda su marca con cariño y se pregunta si tendrá la valentía necesaria para modificarla.


En su Matrix sabe que nada es real y nada es imprescindible, incluso ella. Procura ser responsable con sus roles. Causalidad, sí, causalidad es todo lo que existe. Lo demás: ilusión. A veces se apega al recuerdo de un sueño. A veces quiere inmortalizar un buen momento. Adora la idea del amor pero sabe que es poderosa mientras sea una idea. Se queda entonces con los afectos.

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