lunes, 1 de abril de 2013

No me pidas que te escriba

Fotografía: Daniel Efe Restrepo

Vine hasta aquí, según tus instrucciones: sube por la carretera, tanto como puedas y... detente a mirar el valle. No pienses nada, siente. Y lo único que siento es tu adiós; tu olfato arañándome las piernas, las raíces de tu boca haciendo grumos en la mía; los dedos intentado sacarlas, mis papilas reclamándolas para sí
 -arraigado está tu sabor-  El cítrico sabor de una boca sin mentiras ni mentas... Y mientras miro la ciudad, atardece, y mis manos se congelan. Prometí escribir unas líneas desde aquí, pero tú eres la única línea que no puedo escribir. Me hago agua de pensarte; soy deseo con evocar tu rostro; nostalgia al repensar tu silueta... larga y ajena. Con un ojo me miras con una inclinación de ceja;  con el otro me muestras la calma sin cuestionarme. A ambos les digo que estoy aquí, que seguí tus instrucciones pero que no soy capaz de escribir. 

Me repruebas. Sé que me repruebas. Busco entonces quién puedes ser que también soy, y una palabra me llega: cruel. Me sacudo de reconocerme así. Me lo niego. No soy cruel. Sin embargo, tú me enviaste aquí sola y yo te seguí. Sí, somos crueles. Ninguno de los dos sabe decir adiós. Y ninguno cree en el hasta pronto.

Me calzo, busco las llaves del carro y me alejo del sitio sin mirar la montaña. Abre la noche. Al menos sé que ya no seré tuya. 

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