jueves, 25 de abril de 2013

Contar calorías


-¿A quién espera?
-Justo, a quien no llega.

El hambre ya le dio mal genio. El frío la tiene contra la pared. Otra vez tendrá que cambiarse dos veces el mismo día por esa costumbre de vestirse según el humor y no según el clima. Ella misma se lo advirtió y antes del vestido escogió un jean gastado pero esa terquedad suya quiso llevarse un punto inútil. Ahora no sólo tiene frío sino la certeza de que esperarlo para el almuerzo es mala idea.

Suena el celular y es él. No voy a almorzar. Bueno. Se le ha quitado el hambre de pensar que otra vez comerá sola. Aunque no debería. Desde que tiene memoria ha comido sola por ese hábito de la siesta que no perdona y que anticipa o posterga según las horas de sueño -que legalmente cuenta- de la noche anterior. 

Es sopa. Aprendió a tomarla hace poco. Siempre había sido fan del seco hasta que el nutricionista la motivó a contar calorías y engañar al estómago. No se siente bien engañando a nadie y menos al propio cuerpo. Se muere por unas papitas fritas y el número 400 aparece cargado de culpa. ¿Quién se las come pues después de saber que en una caminata de una hora apenas si se queman 50?

Deporte, claro, hay quienes le insisten con el deporte. Ella hizo caso, que conste. Se fue para un gimnasio crossfit... llena de valor y voluntad siguió las instrucciones de calentamiento e hizo rigurosamente los 500 metros de remo, simulación, por supuesto. Entonces se paró y el mundo no era el mismo. El rostro de la entrenadora tenía otras proporciones, muy móviles, fue cuando se dio cuenta que estaba sudando frío y tuvo que pedir con urgencia, los servicios. No voy a relatar lo que allí sucedió. Simplemente diremos que tuvo que pedir trapeadora. Era un gimnasio... no para todo el mundo. La cuña era estupenda, eso de sentirse bien, era justo lo que quería y preciso lo que no logró. No terminó con las demás pruebas. Intentaron tranquilizarla, le dijeron que a veces ocurría, que no era la única y le preguntaron cuándo volvería. Ella cortésmente respondió: el miércoles. Y aún no sabemos a qué semana se refería.

Ahora prefiere contar las calorías: comenzar el día con 200 de una arepa y un queso, sumarle un 100 de un yogur de media mañana, abolir su adorado arroz y pecar de vez en cuando con algún dulcesillo. Y  sí, contentarse al saber que la sopa solo tiene 60.  Se ha vuelto toda una economista de alimentos. Su canasta no es familiar sino cotidiana y tiene el tope de 1200. 

Aquí entre nos, creo que le dieron una herramienta peligrosa. No la han declarado obsesivo-compulsiva pero si tenemos en cuenta su forma numérica de subir escalones... bueno... creo que sería mejor ponerle fecha a ese miércoles.


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