martes, 9 de abril de 2013

Boceto (después del banco de alcobas)



Un desfile de ausencias decidió retratarme en luces y sombras. No quise mirar el lienzo. Preferí pensarte. Imaginarme una vez más, timbrando a tu puerta con la ilusión de verte. El olor del cigarrillo y el ron, acompañando mi espera. El timbre otra vez. Tú dormido. Yo con afán de despertarte. Las escaleras, por mí convertidas en butaca. El celular... tu voz. "Gordita ya te abro" Tu canosa barba insipiente alojada en un beso que no alcanzaba ni a raspar. Tu abrazo -a veces torpe- y tus pantuflas blancas de hotel amenazándome con ese dedo gordo inconforme por el último golpe que te diste. La cafetera de una sola taza goteando por un defecto que nunca arreglamos y para el que una servilleta era suficiente remedio. Mi ansiedad de niña auscultando las gavetas por chocolate. Tu risa al declararme desde siempre: dulcera. El cigarrillo encendido y con el pantalón de la pijama como club de tiro para cenizas que se encargaban de traerlas al podio "Soy de Oscar, no duro nueva" Tu cuchara en carrusel con dos de azúcar sobre el recién listo café. Tu cabello desordenado y coqueto, provocativo para mis manos que jamás se cansaron de darle masajes a un coco acelerado y brillante. Las canas de tus cejas, cada vez más evidentes se arqueaban con tu sonrisa y la pregunta infantable: "¿Cómo está mi socio?" Bien papá, bien; igual que todos: añorándote. Me miras entonces con profundidad y un ave soledad se aloja en el árbol de aguacate justo detrás de nosotros. Pero si van bien -me dices. Quiero preguntarte  cómo lo sabes pero sé que no hace falta mi pregunta. ¿Cuándo te volveré a ver? Cuando quieras. Ya encontraste la llave del no dolor. No olvides que eres tú quien fabrica las alcobas.  

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