domingo, 10 de marzo de 2013

Veinticinco


Se detuvo el vagón ante ti, ante mí, ante ambas. Se detuvo de vernos jugar con su pasado. Quiso reír pero no tenía combustible para lanzar una voluta oxidada. Quiso avanzar pero estaba anclado, adherido, arraigado. Un susto era lo que quería darnos por esa osadía nuestra de comenzar la mañana explorando su historia con una broma macabra. Y no pudo. Tuvo que ser cómplice de una toma.  Nos quedamos un par de minutos esperando que una cámara "disparara" listas a morir un instante sin medir las consecuencias de una inconsciencia momentánea. Entonces te levantaste tú con una facilidad increíble y yo me quedé pensando cómo era posible meditar en ese silencio en el mismo lugar que otrora fue ruido y movimiento. Me levanté para leer Estación Medellín. Las ramas de un árbol seco señalaban las letras que se conservan intactas haciendo alusión a un lugar que ya no era destino ni punto de partida de nadie. Miré al tren con cierta nostalgia y su 25 amarillo me preguntó si sabía algo de 24. Fue una conversación rápida y mental y honestamente hubiera querido tener las respuestas a la mano. ¿24? Era obvio que me preguntaba por otro tren, quizás otro vagón y no supe qué decirle al camarada. Hablarle de la crisis de los años 20, de la liquidación de sus patronos, del arrume de máquinas al aire libre, de su posterior deceso víctimas de la oxidación... 24... no, no sé dónde encontrarlo. Y fue peor, me dijo que 24 era un ella  que la estaba esperando.

Entonces pensé en todas las veces que caballeros lo abordaron, con sombreros y finos trajes donde no faltaba el pañuelo. Y vi a aquellas mujeres con faldas abajo de la rodilla y tacones negros diciendo adiós con una mano y lanzando un beso con la otra. Y todos ellos confiaron en él, a la ida y al regreso y cómo lo defraudamos. Lo disecamos. Es el último de su especie. ¿Cómo confesárselo?

Nota: Esta entrada hace parte del blog Literatura y Ciudad -en construcción temprana-

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