lunes, 18 de marzo de 2013

Un dodecaedro sobre una novela

Un dodecaedro lapislázuli pretende sostener el arrume de hojas que ella, deliberadamente, puso debajo. Algunas todavía están calientes, recién horneadas bajo el torner de la impresora. La historia: la misma. Esa que no ha podido concluir porque comenzó por la mitad, sin estructura alguna. El personaje parece estarse dando cuenta y no ha querido salir en los dos últimos capítulos. Prefiere que lo maten o lo desaparezcan a tener que seguir los caprichos emocionales de su joven creadora. Ya tuvo incluso que acostarse con una mujer que no le resultaba ni cinco de atractiva y ni así perdió los escrúpulos. Por eso anda escondido. Por eso ella anda perdida. Algunos amigos le preguntan cómo va la obra y responde con una mueca de frustración. Los hombros suben, bajan, se inclinan, queriendo aparentar un no me importa que no lograría ni en años. Y eso  no es lo más grave, hay quienes son más curiosos y le preguntan por el argumento. ¿El argumento de mi obra? Y nuevamente tiene que evadirse, pedir disculpas, ir al baño, comprar un café, escapar del peso que asumió al declararse: escritora.

Ni de noche puede descansar. Todo lo que lee se parece a lo que no es capaz de lograr. Todo lo que ve en la televisión tiene el guión que alguien más escribió y concretó. Hasta la música, no importa el género, si viene empacada en emisora es porque ya superó "el lanzamiento" y está una fase menos amarga. 

Regresa al dodecaedro, lo mira con una curiosidad simple, toma tres hojas, las lee y nota una mancha azul en las esquinas de algunas hojas. Frenéticamente busca todas las hojas manchadas, se sienta en el piso y comienza a leer en el orden que están. Hay algo raro, es otra historia, una historia dentro de la historia donde el personaje anteriormente mencionado se fuga... la idea le gusta. Sólo faltan un par de acordes, revertir algunos sucesos, crear otros. Toma un lápiz, dibuja una linea de tiempo. Será más breve pero será novela.


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