domingo, 10 de marzo de 2013

Secuencia de un cuerpo fraccionado

Fotografías: Marco Ramírez

Es inútil esconderse, doblarse, huir de la luz. En el fondo siempre quieres asomarte a la ventana, saber si pregunta por ti. Le has dicho a tu madre que te niegue y has puesto el teléfono en silencio en un acto de pseudo-fortaleza porque de haber sido fuerte lo habrías apagado y no tendrías la tentación de estarlo mirando a cada rato para ver si registra llamadas perdidas.
Le temes porque a su lado eres otra. Con él descubriste que también puedes ser oscura. Y no se trata de hacerle el mal a otros, es más bien una vibración, una frecuencia. Una forma de mirar que ve todo lo externo como algo hostil sin ninguna esperanza de belleza. Por eso los botines, el negro, el cabello recogido, las pulseras con taches. Nunca se sabe cuándo y dónde tendrás que alojar un puño y es mejor hacerlo si tienes algo qué enterrar diferente a tus uñas.
Después de la fiesta en esa casa rara, te buscó. No recuerdas haberle dado tu teléfono pero llamó. Su voz te causó miedo pero te gustó temblar gracias a ella. Ahora te le escondes porque no quieres más de sus besos adictivos, de sus pastillas hechizo, de sus rumbas tecno. Tal vez lo querrías si fuera solo él. Si no viniera acompañado de sus amigotes para hacerles ver que eres su hembra. Cómo odias esa palabra. Prefieres mujer.
Alguien timbra, tu madre llama, nunca te secunda negaciones. Sales. ¿Vienes o no? -te pregunta. ¿Adónde? ¿En realidad importa? De nada sirvió prepararte para ese momento. Te despides de tu madre y ya en la puerta, le das tímidamente tu mano. Él la toma con fuerza y te sube a su moto. Te sorprende con un casco cuya calcomanía es tu nombre. Sonríes, te lo pones, arrancan y el vértigo de la ciudad y de la noche se condensa en la forma como te abrazas a su cintura. Más allá los puentes, el río, la autopista. No sabes el destino, sólo el compañero. Y cuando están por llegar, algo pasa, aceite en el piso, la moto pierde el equilibrio, ambos ruedan por el asfalto. La tibia se quiebra, el peroné se resiste, un radio rompe tu piel y aunque gritas, agradeces que el casco esté. De repente un carro transita muy cerca y rueda también y aunque el conductor no quiere herirlos... pasa por encima de ti y de él. Intentas gritar pero no sale la voz. No lo escuchas hablar ni quejarse. No fue su culpa ni la tuya ni la del conductor del auto que se baja con las manos en la cabeza gritando en busca de ayuda.

Pronto las sirenas, la ambulancia. Tu cuerpo es desplazado. Tus pupilas dilatadas. ¿Qué día es hoy? El día que me escondía de él tras las sombras en la ventana. No puedes decirlo. Sólo llorarlo.

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